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Ayer me avisaba Facebook de que un año atrás había compartido en la red una reseña de “La tarima vacía”, el estupendo libro de Javier Orrico que da cumplida cuenta de la aniquilación de la enseñanza pública. Al comentario adjuntaba una fotografía en la que se podía ver un ejemplar del mismo, colocado estratégicamente sobre la misma tarima en la que un servidor imparte clase.  La tarima vacía sobre la tarima vacía.

Pensé entonces en todo lo que había sucedido en ese tiempo, tanto en lo que se refiere a mi vida privada como en lo que toca al paisaje arrasado que describe el libro. Pensé en esta bitácora, en las horas invertidas en ella con el propósito de hacerme claras y evidentes algunas ideas por el inveterado mecanismo de intentar explicarlas a otros. Pensé en el día, hace ya más de diez años, en que pedí que me fuera instalada esa tarima. Es un escenario, aduje. Tiene que estar más alto. Que quien lo pise comprenda que ha ingresado en un espacio diferente.

Decidí volver a compartir la foto, esta vez sin hacer ningún comentario, excepto el que ya se adjuntaba en la entrada original:

“La sociedad paga para tener un sistema educativo de mierda, porque mientras más idiotas salgan, más fácil es venderles algo, hacerlos dóciles consumidores, o empleaduchos. Graduados con sus títulos y nada en sus cabezas, que creen saber algo, pero no saben nada. ¿Qué música escuchan? Mis discos seguro que no”. (Frank Zappa)

¿Cuánta gente escucha hoy a Zappa o sabe siquiera quién es? ¿Cuántos habrán leído el libro de Javier Orrico? De esos lectores, ¿cuántos serán profesores que acaban de iniciar su magisterio? ¿Cuántos serán, simplemente, profesores en ejercicio? Son preguntas retóricas, claro está, porque sabemos que se trata de una minoría. Y una minoría que ni siquiera disfruta del callado prestigio que antiguamente se atribuía a los iniciados en algún misterio, sino una minoría de apestados que habla lo que las multitudes de la corrección política tienen por una lengua muerta.

En el libro de Orrico se denuncia, entre otras cosas, la cada vez más asfixiante presión de las administraciones públicas sobre la autonomía pedagógica de los profesores de instituto; la primarización de la enseñanza media a través de una interpretación delirante de las competencias básicas auspiciadas por la burocracia bruselense; la progresiva asimilación de métodos experimentales e innovadores que no necesitan presentar más garantía de éxito que el de ser, simplemente, eso: experimentales e innovadores.

Desde dentro, puedo decir que en este último año la presión no ha hecho sino aumentar. Si alguien hiciera un estudio acerca de cuál es la palabra de moda en los institutos españoles, estoy seguro de que saldría como ganadora Excel. En efecto, la famosa aplicación de Microsoft. Nadie habla ya de libros, noticias de alcance o descubrimientos de la ciencia. Ni siquiera de política. De pronto, nos hemos convertido en una masa que pondera, porcentúa, rubrica y calcula decenas de indicadores, como si en lugar de impartir una asignatura estuviésemos elaborando el control de calidad de un coche de carreras. Somos el nuevo Homo Excel, que no es abreviatura para “excelencia”, por descontado. Calculadoras humanas que tienen como misión primera evaluar, y que en evaluar han de volcar hasta el menor de sus esfuerzos. Como segunda atribución, el Homo Excel debe registrar, de un modo exhaustivo, cada producción del alumno en clase. Y en tiempo real, a ser posible, de tal modo que de cada balbuceo, de cada mohín, de cada pequeño paso del imberbe quede constancia por escrito.

Si quien hiciera ese estudio buscara, en cambio, una palabra en franco retroceso, esa sería “enseñar”. Sencillamente, porque, en este escenario, y pese a los cientos de estándares que se han adosado a la ley, el foco no ilumina lo que debe enseñarse, tal vez por considerarlo tan obsceno como un cuadro de Balthus, sino cómo debe evaluarse lo que sea que se enseñe (siempre que esto se haga de forma recatada; esto es, de modo competencial. O sea, poco).

El siguiente paso, no nos quepa duda, será implantar, sin posibilidad de disidencia, una metodología común que incluya “aprendizaje por proyectos”, “trabajo colaborativo” y un carácter interdisciplinar que transforme los institutos en escuelas elementales. Lo que ya son ahora, pero sin tapujos. Todo ello aderezado, cómo no, con mucha inteligencia emocional y un toque ecotech.

En esto pensaba al recordar la lectura de Orrico. Y ahora creo que es momento de volver a hablar, porque cosas como la libertad de cátedra peligran.

Y porque no sé, ni quiero saber, cómo se mete la música de Zappa en un maldito Excel.

 

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