Una de las indudables ventajas de empezar a trabajar es que, con el inicio de la vita activa, cesarán las hostilidades del convecino sarcástico y secretamente envidioso que cada mañana le recuerda a uno – a ser posible, con una sonrisa – el intolerable privilegio de vacacionar dos meses. Ocurre cada vez con más frecuencia y sin exclusión de ningún gremio. En la panadería, en el kiosco, en el café; en la misma calle, si uno se cruza con ese amigo bancario que, frente a nuestro desahogado atuendo canicular, esgrime su portafolio con un recuperado orgullo de hormiga calvinista.

Ni que decir tiene que tú, querido profesor, eres la cigarra.

Los recelos del ciudadano son el reflejo exacto de un descrédito institucional, o viceversa. Hace ya mucho que la sociedad dejó de ver a los maestros como transmisores de conocimiento y los redujo a una caricatura de funcionarios sin atributos. Para llegar hasta aquí han debido suceder muchas cosas, la mayor parte de ellas relacionadas con un imparable deterioro de eso que llamamos “cultura”. Como sabe cualquier lector de periódicos, lo cultural se cuece en la olla exprés del entertainment mucho más que en el fuego lento de los edificios escolares o universitarios. Actores, cantantes, cocineros y diseñadores ostentan la representación de los más grandes logros de la Humanidad, aunque sus victorias tengan más repercusión en sus cuentas corrientes que en las generaciones futuras. Ellos encarnan la conversión debordiana de la cultura en mero espectáculo, una huella en la arena que dura solamente lo que tarda en romper la nueva ola.

Así, la cultura se emparenta con lo efímero, con lo inmediato, con lo que es in y está de moda, indistinguible de cualquier otro producto confeccionado en una cadena de montaje. En los programas de televisión se entrevista, casi con carácter exclusivo, a una galería de estrellas cuya única ambición intelectual es promocionar su producto, sea éste una película, un restaurante o una nueva colección de canciones pensadas – y prensadas – para mover los afectos más elementales de la audiencia adolescente. No es censurable este ejercicio de venta al público, sino el hecho de que tales manifestaciones se conviertan en el sustituto perecedero de un arte más elevado; aquel que, por su maestría, no es susceptible de encapsularse en fórmulas y que, por lo mismo, imprime su huella, no en las atestadas playas de lo fashion, sino en la memoria.

Pero el análisis sociológico no es la ambición de este comentarista, ya que excede tanto su cometido como sus capacidades. Nuestro deber es señalar cómo esa concepción de la cultura no es un sello distintivo de las masas, sino que tiene también sus valedores en la misma institución escolar.

Empezando, precisamente, por la memoria, esa hija denostada a la que, en efecto, no se le quiere dejar nada en herencia. Legiones de pedagogos ultramodernos han arremetido contra ella, identificándola con un mecanismo idóneo para el control y la represión de masas. Al cotejar las afirmaciones de estos gurús, es difícil saber dónde acaban las pretensiones científicas y dónde empieza la ideología. Lo cierto es que la postergación de la memoria es un ejercicio análogo al seguimiento cautivo de lo furiosamente actual: su consecuencia lógica es el olvido. La plétora de insignificancias habita el mismo campo semántico que el vacío más absoluto. Así, los neopedagogos parecen promover la existencia de esas masas acríticas que, cuando se ponen estupendos, no tienen ningún empacho en señalar como víctimas propiciatorias de la sociedad de consumo.

Prescindir de la memoria conlleva, claro está, desechar el pasado. A las escuelas se ha transferido la terminología de las pasarelas y los ecos de sociedad, de modo que el pasado, la Historia, están out. El legado cultural de Occidente es, para estas mesnadas transformativas, sospechoso de muchas cosas: de eurocentrismo, de antropocentrismo, de machismo, de racismo y, en general, de todos los ismos que uno pueda imaginarse. Siendo así, piensan, lo mejor es cubrir con un tupido velo – multicultural, a ser posible – un patrimonio tan desolador. Habrán de ser los propios niños quienes instauren este patri-matri-monio ex nihilo, sin el corsé de los discursos dominantes y atentos únicamente a los espasmos eléctricos de su intrínseca creatividad.

Quienes sostienen estos principios llevan muchos años difundiéndolos en facultades de Educación, conferencias, cursos y consejos áulicos para gobernantes con ambiciones de ingeniería social. El discurso ha calado tanto que de una lluvia fina ha pasado a ser el mantillo gnoseológico que alimenta la mayoría de sistemas educativos europeos. Un pensamiento semejante produce dos resultados nada sorprendentes.

El primero es la inversión de valores por la cual el sabio, el maestro reconocido en cualquier campo de conocimiento, queda relegado a un segundo plano frente a los verdaderos “expertos”, que son aquellos que no saben nada de ninguna cosa en particular. Así pues, lo que otorga re-conocimiento en la Escuela Moderna es justamente conocer lo menos posible, más allá de un par de teorías cuya validez no puede contrastarse de forma empírica. Los hombres ilustrados, los auténticos depositarios de un saber perdurable, deben dejar paso a una secta cuyos miembros recelan de que existan conceptos tales como la ilustración, la perdurabilidad o el saber.

El segundo resultado es que una idea semejante no puede ir, jamás, en beneficio de la selección. Si el saber acumulado no importa, si la maestría técnica y el cultivo del espíritu son entelequias sin fundamento, es de esperar que la tela del cedazo se haga menos tupida. Si lo prioritario es la resolución de conflictos, el manejo del PowerPoint o las técnicas motivacionales, resulta que saber de algo es cosa tan secundaria como aseguran los rótulos de los institutos de ESO.

Quien renuncia al pasado se ve, como las hordas de niñas que se abalanzan sobre Mario Casas, abocado a la inmediatez. Entendida ésta no sólo como acceso casi instantáneo a lo que está más próximo, sino también como ausencia de terceros. Igual que ocurre en la sociedad espectacular, la Escuela ha tendido a empequeñecer la misión de sus mediadores culturales (es decir, de los, ahora sí, auténticos expertos: los profesores) para intentar reciclarlos en una especie de alcahuetes sentimentales. Se tiende a creer que el niño necesita de la figura docente para desarrollar sus emociones mucho más de lo que la necesitaría para desplegar sus capacidades cognoscentes, lo cual significa pasar del logos a la psicología barata y satinada del Cosmopolitan. Es lo que algunos llamamos PsicoLOGSía.

Pero, ¿qué es lo que ofrecen estos pedagogos a cambio de tanta renuncia?, se preguntarán. La respuesta les sonará tan atractiva como si tuvieran ante sus ojos el mismísimo becerro de oro: la Creatividad. Así, con mayúsculas. Una suerte de reacción instintiva, osmótica, semejante a la que ha conseguido que algunos garabatos infantiles (no es metáfora: me refiero a niños de carne y hueso) se muestren, como inatacables prodigios, en acreditadas galerías de arte contemporáneo. Del mismo modo que Rimbaud pretendía ser sublime, los niños deben ser creativos sin interrupción.

Cuando oigo hablar de esta incontinencia engendradora suelo acordarme de unas palabras que le oí a Albert Boadella – persona creativa donde las haya – y que he podido rescatar, parafraseadas, en Internet. Es el primer punto de su Decálogo:

1. Dios como único creador: todo está ya creado, ya lo hizo alguien, sólo debemos mirar a nuestro alrededor y descubrirlo antes que otro lo haga. Ponemos nuestra linterna en esa oscuridad y vemos algo que otro no ha visto.

Viniendo de un personaje como el maravilloso bufón catalán, hay que interpretar el punto de ironía que rezuman sus aforismos. Ese Dios es perfectamente intercambiable por algo que Boadella, iconoclasta impenitente, reivindica en cuanto tiene oportunidad: la tradición. Si hubiere un creador, en efecto, ese sólo puede ser Dios, puesto que opera ex nihilo. Todos los demás debemos tantear tanto en lo creado como en aquellas zonas “iluminadas” por nuestros predecesores. La creatividad sería, pues, una mirada que se posa en la tradición para desentrañar aspectos inéditos del pasado e investirlos de una nueva forma. El gesto autosatisfecho de la creatividad per se, en cambio, no es sino puro exhibicionismo, afirmación del yo tan banal como un tuit en el que consignáramos la evolución de nuestros problemas intestinales.

Esta obsesión por lo creativo, a despecho de lo imitativo o lo técnico, tiene también algo de residuo romántico que confía las obras humanas a la inspiración y al golpe de genio. Los pedagogos New Age, más arrogantes e ignaros que los poetas decimonónicos, creen que esto puede hacerse sin leer a los clásicos. En sus textos fundacionales también palpita el convencimiento de que sólo mediante la expresión espontánea de los instintos podemos liberarnos de la pesada herencia de nuestros antepasados. Según se nos dice, al joven no le hacen falta esas alforjas para el viaje de hablar su propio idiolecto, tan libre de ataduras como esclavo de su propia libertad. Pero, al final, la evidencia es que nada que sea concebible como auténtico progreso, o como sublevación frente a lo establecido, puede alcanzarse sin un conocimiento previo de las normas que el artista o el científico pretenden subvertir. Más bien al contrario, este creativo adánico, sin modelos, acabará por incurrir en el plagio, en la copia burda y ayuna de maestría, limitándose al gesto mecánico del “corta y pega”. Cierto es que para ennoblecer el gesto tratará de recurrir a todo tipo de coartadas intelectuales, como el “apropiacionismo”:

Dadas estas premisas, la consiguiente demanda de esta pedagogía es el facilismo, la descabellada idea de que se puede aprender sin esfuerzo. Esta, como las anteriores, es una pretensión acorde con las peculiaridades de una sociedad acomodada, que concibe el saber como un producto más entre los muchos que se ofertan en el mercado. “Aprenda alemán en siete días”, como cantaba el grupo Derribos Arias. Paradójicamente, esa misma sociedad entroniza a deportistas como Rafael Nadal y los pone como ejemplo a seguir por los más jóvenes. Como no imaginamos a nadie tan necio como para suponer que se llega al número uno de la ATP sin unas buenas dosis de sufrimiento, debemos colegir que el único esfuerzo que, hoy en día, se considera legítimo y admirable es el que tiene que ver con las actividades físicas. No es de extrañar que los gimnasios, auténticos cubículos de autoflagelación, estén llenos de gente que quiere alcanzar, a fuerza de constancia y automatismos, una indiscutible virtud abdominal. Lo raro es que ese mismo empeño se considere innecesario cuando se trata de acometer tareas intelectuales.

Una escuela diseñada con estos mimbres sólo puede ser una escuela infantil, independientemente del nivel académico en que nos situemos. Una escuela dispuesta a satisfacer los deseos de sus alumnos, aun cuando esta complacencia suponga la renuncia consciente al mismo hecho de enseñar. Por increíble que pueda parecer, el sistema educativo contemporáneo sigue las mismas pautas que la sociedad consumista de la que pretende desmarcarse: inmediatez, actualidad, facilismo, inflación del yo y relación clientelar con el alumno. Partiendo de posiciones antagónicas, esta nueva pedagogía que asola las instituciones escolares de Occidente es un producto inequívoco de la sociedad capitalista en su vertiente más espectacular. Es obvio que, con tales armas, la Escuela tendrá siempre la batalla perdida, pues no hay competencia posible con una industria del entretenimiento que incrementa de forma exponencial sus poderes de seducción.

Como ya advirtiera Neil Postman, la Escuela se inoculó el virus de su autodestrucción el día en que quiso parecerse a los medios de comunicación de masas. Primero, la televisión. Ahora, Internet. Lo malo no es que adoptase la tecnología, sino también la noción del aprendizaje como entretenimiento, como espectáculo superficial y lúdico que no debe dejar un resquicio para la conversación o el silencio.

Fuera de los muros académicos, estas ideas han ido impregnando todas las capas de la sociedad, y cada vez serán más los individuos cuya experiencia escolar se reduzca a este sucedáneo de mass media con unas pinceladitas de Reader´s Digest. De ahí que no extrañe la aspereza del frutero, la ominosa mirada del vendedor de periódicos o la condescendencia atroz del ejecutivo hiperventilado. No encuentran una razón plausible para que uno esté ocioso. Por dos razones. En primer lugar, porque les han enseñado a desconfiar de la Escuela como un lugar en el que pueda aprenderse algo útil. En segundo lugar, porque el desprestigio del conocimiento lleva aparejado el de sus presuntos portadores. El profesor es ya poco más que un canguro con ciertos rudimentos sobre alguna cuestión particular, los suficientes como para subsistir con un sueldo digno. Poco más se le concede, y, ciertamente, poco han hecho los propios profesores para rebelarse contra ese nuevo estatus que los rebaja a la categoría de babysitter.

Así las cosas, nadie piensa que uno pueda merecer ese tiempo de otium, entendido al modo que maravillosamente describe Marc Fumaroli:

El hombre moderno atareado, tal como lo vio Kierkegaard, se parece a esa mujer que en el incendio de su casa arriesga su vida para salvar las tenazas de la chimenea. Los negocios, tanto los de la ciudad como los del comercio, de la agricultura y de la guerra (los `negotia´, la `labor´, la `militia´, todas las formas de la `vita activa´ de los romanos), el trabajo asalariado de los modernos que ha liberado a la humanidad del trabajo servil, sólo tienen sentido en el descanso y el ocio fecundo que los griegos llamaron `schole, los romanos `otium´…

Por desgracia, cada vez parece menos propicio ese tiempo perdido que consiste en cultivar el espíritu, en posarse sobre las cosas en lugar de asistir a una acelerada concatenación de imágenes en la pantalla o emplearse en una serie de actividades recreativas tan fatigosas como el trabajo del que se huye. Ya pocos creen que el profesor tenga ningún crédito para entregarse a ese “ocio fecundo”. Tan es así que el gobierno especula con la idea de que invierta ese tiempo en algo, aunque no se sepa muy bien en qué. Seguir dando clases en Julio, animar campamentos juveniles, confeccionar programaciones absurdas. El caso es mantenerlo ocupado, por más que esa ocupación sea por completo improductiva.

De ese modo, el tendero, la panadera, el empleado de banca, la sociedad toda respirará aliviada de que, finalmente, nadie tenga un momento para fijar su mirada en “las cosas y los seres”.

Es en el apartamiento del otium cuando se percibe en lugar de entrever, cuando se busca en lugar de repetir, cuando se contempla en lugar de agitarse, cuando se reconoce lo que el polvo de la impaciencia, los espejeos de las prisas y el peso del esfuerzo precipitado robaban a la mirada, aunque sea simplemente el hecho de estar uno consigo mismo, con los suyos, con los amigos, en el instante disfrutando por sí mismo. Este descanso en el que la vista se posa en las cosas y los seres, y que descubre lo cercano y el horizonte, siempre ha atemorizado a los tiranos, a los esclavos voluntarios, a los bárbaros. Éstos parece que no son menos numerosos hoy que en otro tiempo, pese a nuestros formidables avances científicos y técnicos y a la casi desaparición de la esclavitud involuntaria

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