Etiquetas

Sentía curiosidad por el documental “La educación prohibida”, una película de dos horas y media que propone una serie de alternativas al modelo tradicional de enseñanza. El hecho de que en apenas seis días hubiera sido vista por casi dos millones de personas no hacía sino avivar mi interés. De modo que reservé una tarde para ponerme frente a la pantalla, no sin antes prometerme que trataría de ver las imágenes con una mirada libre de prejuicios. No sé si lo conseguí.

1. En primer lugar, es difícil tomarse en serio una película que para defender sus tesis recurre a la caricatura burda de aquello que pretende reemplazar. Durante todo el metraje, el retrato que se hace de los profesores es inmisericorde: aparecen en contrapicados deformantes, gritando fuera de sí y con un atisbo de psicopatía en sus ojos. Son monstruos que se comportan de forma irracional, insensibles, despóticos. Por el contrario, los alumnos representan siempre la mesura, el diálogo razonado, casi socrático, la templanza frente a la barbarie. Sólo pierden su maravillosa humanidad durante las clases, una suerte de instrucción pavloviana basada en la repetición aniquiladora y la imposición arbitraria del principio de autoridad. En esos momentos, los alumnos se convierten, a imagen y semejanza de sus maestros, en autómatas desustanciados, en piezas anónimas de una implacable cadena de montaje.

La escuela, se sugiere, no ha cambiado apenas nada desde la implantación del sistema educativo prusiano. Es sólo un mecanismo de control para amaestrar súbditos, una cárcel donde todo es ominoso, siniestro y lamentable. “Un horror”, como llega a concluir uno de los expertos consultados

2. Una de las ideas más repetidas es que la mayoría de las cosas que se aprenden en la escuela no sirven para la vida adulta. Un pediatra español afirma que los “logaritmos” son por completo prescindibles. Pero este es un argumento falaz. En primer lugar, porque algunas de sus aplicaciones tienen que ver con asuntos tan variopintos – y útiles – como la intensidad sísmica (escala de Richter), la concentración de pH en una disolución o la datación cronológica de restos orgánicos por el método del Carbono-14. En efecto, la mayoría de la gente no sabe nada de estos asuntos, ni de los logaritmos que facilitan su estudio. Pero de ahí no se deduce que podamos prescindir de ellos ni, por supuesto, de aquellos individuos acostumbrados a manejarlos. En segundo lugar, porque el estudio de los logaritmos sólo se da en un período muy corto de la enseñanza obligatoria. De hecho, las sucesivas diversificaciones del itinerario permiten que alumnos con poco interés por las Matemáticas puedan llegar a eludir este tipo de problemas. Y en tercer lugar, y no menos importante, porque prescribir la “utilidad” como requisito para la transmisión del saber es visión tan estrecha e intelectualmente mezquina como la de cualquier tecnócrata totalitario.

Las preguntas que se plantean, ante afirmaciones de este calibre, son las siguientes: ¿qué es necesario saber? ¿Sólo aquello que me vaya a ser útil en la vida adulta? ¿Dónde establecemos, entonces, la frontera de la utilidad? Y, por último, ¿quién debe establecerla?

3. En “La educación prohibida” todos parecen estar de acuerdo en que los programas educativos son una estrategia del poder para perpetuar el dominio de una casta privilegiada, de un statu quo. Del Sistema. Rechazan la posibilidad de que alguien pueda ser depositario parcial del saber acumulado en los planes, pues la mera existencia de la relación profesor-alumno reproduce el viejo sistema jerárquico, contenidista y adoctrinador. Por si fuera poco, el conocimiento, se dice, ya no es patrimonio exclusivo de bibliotecas y universidades, sino que está en Internet. Esta idea, no por repetirse mucho, se convertirá en cierta. Los expertos confunden, no sé si intencionadamente, información y conocimiento. Una página web no puede proveer el conocimiento, del mismo modo que tampoco podrían dos mil páginas web consultadas una detrás de otra. Ni siquiera los mejores profesores del mundo puestos a disposición de un niño las veinticuatro horas del día son capaces de proporcionar tal cosa. Por una sencilla razón: el aprendizaje es un “compromiso autoconsciente” (Oakeshott) que, como es natural, precisa de la intervención del sujeto para su transformación en conocimiento. Este no reside ni en las bibliotecas, ni en las universidades; ni siquiera en la azarosa selva de Internet. Se configura en nuestra mente, a partir de informaciones y prácticas que deben estar sustentadas en la comprensión para cristalizar en un discernimiento “genuino”.

Otra ocurrencia interesante es que, como asegura un reputado investigador docente, “el conocimiento se vuelve obsoleto a los cuatro años”. He de admitir que siempre me ha maravillado este lugar común de los utopistas pedagógicos. ¡Cada cuatro años! Es decir, una esperanza de vida menor que la de un ordenador portátil. Analogía nada inocente, pues cuando tales gurús educativos hacen este tipo de afirmaciones, uno tiene la sensación de que se refieren, exclusivamente, a los conocimientos exigidos para diseñar aplicaciones informáticas. ¿Por qué afirman esto?

4. La respuesta es sencilla: todos hablan como si no existiera el pasado. No hay una sola referencia a la importancia de transmitir una herencia cultural, de comunicar a las nuevas generaciones los logros de sus ancestros. De hecho, la cultura es también un instrumento represor. El señor Wernicke insinúa que la enseñanza se debate en una dicotomía de tinte ideológico: la derecha quiere adaptar al niño a la cultura, mientras que la izquierda pretende adaptar la cultura al niño. No se contempla la posibilidad intermedia, que es la de establecer un “diálogo” entre nosotros y la cultura que nos acoge. La misma dicotomía de Wernicke incurre en el maniqueísmo que es seña de identidad de este publirreportaje. De un lado, el diestro, se concebiría la cultura como un canon cerrado, impenetrable y dogmático. De otro, el siniestro, la cultura es una entidad evanescente o, cuanto menos, un pasatiempo del que pueden eliminarse a voluntad aquellos elementos que, por una u otra razón, interfieren en la espontaneidad del niño. Es lo que Oakeshott llama “autoindulgencia infantil”:

No debe haber plan de estudios, ninguna progresión establecida en el aprendizaje. Debe dejarse que los impulsos fluyan en una confusión indefinida, también conocida como “el manto sagrado del aprendizaje” o “la vida en todas sus manifestaciones”. Lo que puede aprenderse es completamente imprevisible y es algo que en realidad no importa.

Se espera que cada niño se involucre en los proyectos individuales de la llamada actividad “experimental” como desee, que los realice a su manera y por el tiempo que sus inclinaciones lo deseen. El aprendizaje debe ser un “hallazgo” personal y, por consiguiente, se convierte en un producto incidental, exiguo e interpretado de manera imperfecta, del “descubrimiento”. Es preferible no “descubrir” nada a que nos digan cualquier cosa. Hay que proteger al niño de la humillación de su propia ignorancia y del asombro intelectual, y hay que resguardarlo en el seno de sus propias inclinaciones, que no pueden frustrarlo. La enseñanza debe limitarse a ser una sugerencia vacilante (preferentemente sin palabras); se prefieren artefactos mecánicos a maestros, que no son reconocidos como custodios de un procedimiento deliberado de iniciación sino como presencias mudas, como decoradores de interiores que acomodan los muebles de un ambiente y como mecánicos que deben ocuparse de los aparatos audiovisuales. […]

Si no existe una herencia relevante de interpretaciones humanas, si la fronteras del ayer son el basural del mañana, si estamos en el medio de una revolución tecnológica en la que las habilidades y los estándares de conducta son evanescentes, no hay lugar para un aprendizaje que no sea una “indagación creativa” o para una “educación” que no sea un compromiso para resolver un “problema tecnológico”. Sin duda, la “Escuela” era lo suficientemente apropiada para quienes estaban obligados a comprender a sus ancestros, pero hoy en día tanto la educación como la “Escuela” son anacronismos: no hay nada que aprender. (“La voz del aprendizaje liberal” Michael Oakeshott)

5. Una vez postergados el conocimiento y la cultura, lo que puede aprenderse es limitado. De ahí que los esfuerzos de estos educadores se orienten hacia el ámbito afectivo, a veces de una forma que raya la intromisión en la privacidad de los alumnos. No en vano, “instrucción” es una palabra tabú, del mismo modo que se prefiere “educar” a “enseñar”[1]. Lo que se demanda es la conversión del profesor en una especie de confesor laico que, provisto de su todo su arsenal psicológico, debe indagar en los sentimientos más profundos de los niños. Hecha la caricatura de los profesores tiranuelos, los protagonistas de este docudrama se presentan como los protectores del fuego sagrado de la infancia.

Esta pretensión, admiten, es imposible en clases de treinta alumnos. Pero, además de imposible, nosotros añadimos que no es aconsejable. La voluntad de transmitir un saber y una experiencia propias no está reñida con la empatía y el cariño, lo que no significa que la indagación de los afectos haya de ser el núcleo de toda actividad escolar. A menos que queramos suplantar a los padres en tan delicada misión y superar al Estado promisorio y paternalista en la meticulosa tarea de modelar las mentes.

En un momento de la película, alguien sostiene que “castigar la rebeldía es reprimir los instintos naturales del niño”. No sabemos en qué consiste esa rebeldía, y si en esa categoría se incluyen insultos, amenazas o agresiones. Pero es todo un síntoma el que se apele a la libre manifestación de los instintos como un hecho deseable dentro de una institución escolar. Arrumbada la cultura, todo lo que puede sobrevivir es, en efecto, el Estado de Naturaleza.

6. Otra tesis recurrente es la de que las calificaciones constituyen uno más de los muchos mecanismos de control asociados a las ecuelas tradicionales. Las notas, los exámenes, estigmatizan a los alumnos, les asignan una etiqueta y los reduce a números. Es una visión muy pesimista, que parte de un principio inobservable en la escuela actual: el de que las pruebas escritas sean el único instrumento de evaluación. Por otro lado, no se precisa si el examen es negativo en todas las etapas o sólo en la enseñanza Primaria. Llevando al extremo esa postura, ¿deberían existir pruebas de acceso para la profesión docente? ¿Cuánto de menos malo es estigmatizar a un adulto en lugar de a un niño? El que se postula para cirujano, arquitecto o piloto de aviones, ¿merece que se le impida el ingreso en el cuerpo si no alcanza un resultado satisfactorio? ¿Cómo puede seleccionar un empresario al personal de sus oficinas sin rechazar a un número indeterminado de candidatos? ¿Se es justo con los alumnos cuando se les inculca que la selección, la competencia y la demostración de la propia valía son conceptos censurables?

7. Hay aspectos en los que este espectador, pese a todo, puede coincidir sin mayor esfuerzo. Por ejemplo, en la descripción que un pedagogo hace de la escuela como “guardería” o “aparcaniños”. Asimismo, la idea de que la escuela tradicional necesita ser más flexible a las diferentes capacidades de los individuos es algo que se ha repetido incansablemente en esta bitácora. También podemos estar de acuerdo en que la distribución por edades no siempre se corresponde con la madurez cognitiva de los alumnos.[2]

Lo irónico del caso es que muchos de estos presupuestos abordados en “La educación prohibida” fueron asumidos sin problemas por la así llamada escuela tradicional. De hecho, la asunción de estas ideas pseudolibertarias es responsable, en buena medida, del fracaso escolar que registran las escuelas occidentales. Como vimos más arriba, Michael Oakeshott ya lo denunciaba en la década de los 50 del siglo pasado, lo que nos lleva a pensar que estos sofismas pedagógicos son acaso tan viejos como la anacrónica institución que pretenden demoler.

8. En cualquier caso, no debe pasarse por alto que más de dos millones de personas han visto este larguísimo breviario de recetas viejas; cabe pensar que la mayoría, con sumo agrado. Así que no es un fenómeno desdeñable, pues, si las administraciones hicieron suyas algunas de sus ideas, no es descabellado pensar que algún día encuentren apropiado adoptarlas todas. Una solución satisfactoria para todos sería, precisamente, que el monopolio educativo dejara de estar en manos del Estado, de tal manera que las diferentes concepciones de la enseñanza pugnaran por encontrar su hueco en una sociedad y un mercado libres. Y que los ciudadanos decidan.

9. Tendría gracia que el éxito de este proyecto dependiera, en última instancia, de Milton Friedman.

10. ¿O no?


[1] Ciertamente, un título más adecuado para esta película habría sido: “La enseñanza, prohibida”.

[2] Esta afirmación, no obstante, podrían compartirla los neuropsicólogos partidarios de una separación por sexo en edades tempranas, y por razones idénticas.

Anuncios