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Hace apenas un mes, una persona muy querida por mí – a la que llamaremos X– debía presentarse a una entrevista de trabajo. No se trataba de cualquier entrevista, sino de un vis a vis con el fundador de uno de los hedge funds más prestigiosos del mundo. El solo hecho de haber concertado esa cita constituía, en sí mismo, un verdadero logro, por no hablar de lo que para esta persona significaría, desde el punto de vista profesional, conseguir el trabajo.

Como es lógico, X especulaba con la posible naturaleza del encuentro: cuál sería el perfil demandado, qué conocimientos financieros se considerarían indispensables, de qué modo influiría la experiencia previa en la valoración del candidato. Así que se pasó las semanas anteriores leyendo la letra pequeña del Financial Times, informándose hasta del último detalle relativo a la actualidad internacional, repasando conceptos económicos que quizá habrían de resultar decisivos para superar la prueba.

Después de la entrevista, hablé con X. La primera pregunta que le había hecho el gurú de las finanzas había sido algo tan técnico y pragmático como esto:

¿Cuál es el último libro que has leído?

A partir de ahí, me dijo X, la reunión había consistido en una deliciosa charla sobre música, arte y literatura que se prolongó por más de una hora. Disquisiciones acerca de la narrativa de Martin Amis o del milagro implícito en la música de Bach. Una hora de Humanidades en el corazón de la ingeniería financiera.

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Cuento esta pequeña anécdota a propósito del anteproyecto de Ley presentado por el Gobierno, en el que el ánimo reformista parece estar ligado a una esperanza de crecimiento económico. Como es obvio, no pretendemos negar el vínculo que pueda existir entre una población cualificada y un aumento de la productividad. Lo que reprobamos es que ese nexo sea lo que determine el espíritu de la ley y, aun, el contenido de los programas.

Cada vez que los políticos se empeñan en iniciar una revolución educativa lo hacen amparados en un prejuicio. El de las leyes vigentes fue el igualitarismo. Vivíamos tiempos de gloria, y podíamos permitirnos el lujo de ofrecer una enseñanza tan superficial como la cresta de la ola que remontábamos. El mérito y la excelencia eran trampantojos fascistas que había que desterrar del paraíso logsiano. Y, así, hasta hoy. El prejuicio de la futura ley, sin embargo, es el de la empleabilidad, horrible palabro. Da la sensación de que la Escuela, bajo las nuevas premisas, va a convertirse en una agencia de contratación, y que como tal debe ser diseñada.

Ambas concepciones son dos meridianos ejemplos de la fatal arrogancia en la que muy a menudo incurren los gobernantes. Las dos tratan de promover ideas o acciones que la realidad invalida, más tarde o más temprano. Ni se puede forzar la igualación de lo que es desparejo, ni es posible construir un sistema omnicomprensivo que se anticipe a los requerimientos del mercado. No es sólo un problema de imposibilidad fáctica, sino algo peor: la impugnación de los principios fundacionales de eso que llamamos enseñanza general. La LOGSE contravino el epíteto al reducir drásticamente el nivel de exigencia. La LOMCE, en cambio, parece abocada a eliminar – o cuanto menos, a minimizar – aquellos contenidos sospechosos de no generar beneficios. Beneficios económicos, claro.

Bien es cierto que la LOGSE ya había andado parte del camino. La Literatura desapareció de los planes de estudio para quedar arrumbada en un reducto marginal. La Filosofía dejó de ser una entidad autónoma para tener que apoyarse en la muleta institucional de la Ciudadanía. La Música y la Plástica jamás han abandonado su condición de asignaturas “ornamentales”. El Latín y el Griego siguen en su pequeño cantón del Bachillerato, accesibles sólo a un reducido grupo de catecúmenos. Con la LOMCE, algunas de estas disciplinas corren el riesgo de ser señaladas como “improductivas”. El propio ministro ya ha advertido que ciertas asignaturas “distraen”. ¿De qué? De lo “prioritario”. Si es coherente con sus palabras, cabe suponer que dará orden de que se inicie la poda de toda esa maleza cognitiva.

Con ello, tal vez el ministro crea favorecer la salida de la crisis, la reducción del paro y hasta el descenso vertiginoso de la prima de riesgo. No conseguirá ninguna de las tres cosas, pero, a cambio, habrá dado muestras de su absoluta falta de vigor intelectual. Una Escuela que renuncia a la educación artística, a las Humanidades, no es una Escuela, sino un enorme Politécnico donde la sintaxis se absorbe al ritmo de un martillo pilón. ¿Cómo podrá llamarse general a una enseñanza que ignora el legado artístico de las generaciones pasadas? La Escuela, como se ha dicho otras veces, debe conservar cierta impermeabilidad a las contingencias externas. Una Escuela construida en función de las diferentes coyunturas socioeconómicas deja de serlo para convertirse en cosas tan mostrencas como un Plan de Medidas o  un Proyecto de Viabilidad. El conocimiento genuino nunca es utilitario, aunque de él se desprenda una utilidad impredecible. La misma que le sirvió a X para salir airosa de una situación inesperada.

Hemos leído en alguna parte que todo esto es culpa de la voracidad insaciable de los mercados. Siempre se dice lo mismo, pero, al final, quienes legislan son los políticos. Lo que quieren los mercados no puede predecirse con la exactitud infatuada que pretenden nuestros gobernantes, pues el mercado somos todos y cada uno de nosotros con nuestras innumerables decisiones diarias. Ni siquiera el ministro Wert es tan listo.

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Y, a veces, en el centro de esa fantasmagoría mercantil, el avaricioso capitalista sin escrúpulos que tanto frecuenta las caricaturas, te pregunta:

¿Quién es tu compositor favorito?

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