Nota del autor: Hace unas semanas, anuncié que ya no publicaría más artículos en este blog. Sin embargo, los comentarios de amigos y usuarios y la perspectiva de poder obtener una mayor divulgación gracias a nuevos contactos me han animado a continuar. Se mantendrá, sin duda, la línea crítica del blog; pero también se buscará difundir nuevas propuestas educativas, siempre desde un punto de vista liberal. Gracias a todos los lectores del Individuo.

El artículo “De ratios y hombres” se publicó originalmente en la Tribuna de la Asociación PIENSA, de la que soy representante.

Parece ser que la crisis económica obligará a reducir el cupo de profesores, lo que conllevará un aumento del número de alumnos por aula, eso que ahora se llama ratio y que, por lo general, constituye el origen de discusiones poco o nada razonables. La primera reacción ante tales medidas es la de certificar el deceso de la enseñanza pública. No consta, sin embargo, que este ataque repentino de tartufismo haya provocado un colapso de los servicios sanitarios. Ya saben: mesnadas de jeremías con politraumatismo torácico y rasgadas vestiduras.

La enseñanza, como sabe quien conoce el oficio, no es que esté muerta, sino que ha mutado en otra cosa: en una extraña forma de vida que conjuga entretenimiento y vigilancia de menores. Como el “vigilar y castigar” foucaultiano, pero sin la vara disciplinaria y con un puntito de histrionismo colectivo. Muchos de los que ahora braman no tuvieron reparo alguno en jalear y promover esta metamorfosis. No importaba que el fracaso escolar se desbocase, ni que la posibilidad de enseñar se hubiese disuelto en un entorno de ruido y furia. No importaba que un neoanalfabetismo finisecular brotase, como una flor exótica, en aquellos institutos cuya inveterada misión había sido, hasta entonces, la de preparar al alumno para cursar estudios universitarios. No importaba que la excelencia de discípulos y maestros se convirtiese en un estigma nefando, en un objetivo perseguible que se reflejaba tanto en promociones automáticas como en criterios de selección que obedecían antes a compromisos políticos que a una rigurosa estimación del mérito. Ninguna evidencia era lo bastante grave como para poner en entredicho el sistema.

Esta oleada de hipocresía pretende instaurar un año cero del desastre educativo, borrando los veinticinco años de LOGSE con el Photoshop tramposo de la ideología. Por más que la comparativa europea demuestre que no son las ratios ni las horas lectivas lo que repercute en la calidad de la enseñanza. Eso lo saben muy bien los profesores, que no tendrían inconveniente en trabajar más horas para un mayor número de alumnos, siempre que los mimbres estructurales fueran otros.

En el lado del Gobierno, asusta constatar que, más allá de los recortes a que obliga la crisis, no se vislumbra ningún atisbo de reforma genuina. Dice Eugenio Nasarre: “Los estudios internacionales demuestran que el número de alumnos de un aula, dentro de determinados límites, no es un factor determinante, ni siquiera de los más importantes, para la calidad educativa. La LOGSE hizo de este punto un dogma sin ningún fundamento científico».

Y aunque la experiencia y los datos le dan la razón, lo que calla es mucho más grave que lo que afirma. En un modelo comprehensivo como es la LOGSE, ese aumento significa una acentuación dramática de sus aspectos más oscuros. El señor Nasarre debería darse una vuelta por un Primer Ciclo de la ESO para entender de lo que se habla. Los cuarenta alumnos del antiguo Bachillerato nada tienen que ver con los cuarenta alumnos de un sistema en el que conviven objetores de aula, absentistas a tiempo parcial, ágrafos orgullosos y un puñado de estudiantes comme il faut. Fue precisamente la utópica pretensión de procurar el saber académico a quien no lo demanda lo que originó la ruina del sistema. Como dicho saber requiere voluntad y esfuerzo, la siguiente estrategia consistió en extraer la pulpa sapiencial del conocimiento para mejor convertir la escuela en una infantil repartición de cáscaras doctrinales.

Lo que causa estupor, más allá de las fingidas plañideras, es, como se ha dicho, que el Gobierno carezca de plan. Tantos años de criticar la LOGSE rubalcábica para que ahora nos despachen con un par de obviedades y un silencio diamantino sobre los fundamentos de su política educativa. Aunque los ajustes sean necesarios, lo cierto es que todos parecen dirigidos a preservar el sistema, y no a comenzar su regeneración. La pregunta es: ¿qué tiene previsto el PP para cuando la crisis amaine?

Desde este foro, y como contribución a la emergencia de los tiempos, se han sugerido ideas para reducir el gasto educativo, empezando por la supresión total de subvenciones a las organizaciones sindicales. Como hace PIENSA, y como ocurre, por seguir con las comparaciones, con los sindicatos de la potente Alemania, los representantes de los trabajadores deberían financiarse única y exclusivamente con las cuotas de sus afiliados. Tal vez así podríamos calibrar con mayor justicia la sinceridad de sus lágrimas, la contundencia de sus golpes en el pecho, el auténtico paño de sus camisas rotas

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