Ya estaba dicho y se confirma: el PP no va a hacer nada para que la enseñanza pública salga del inmenso pozo de vulgaridad en el que está sumida. Parecía claro desde el momento en que el gallego impasible puso a un sociólogo al frente del Ministerio: una cartera semejante precisa de alguien que sepa interpretar las pulsiones del electorado, antes que de un verdadero experto capaz de recabar las opiniones documentadas de sus iguales. Y Wert, que se da todas las trazas de ser un bienqueda empedernido, no quiere perder ni un punto en los sondeos. Así lo demuestran sus presuntas reformas educativas, que no son más que aliños cosméticos con finalidades demoscópicas. Cambios nominales para ocultar un continuismo que no se aparta un ápice de las viejas estructuras logsianas.

Ya pueden hablar y no parar de mérito, esfuerzo y todo el campo semántico de la meritocracia. Serán palabras hipócritas, pues ninguna de las medidas planteadas podrá contribuir a que se conviertan en hechos. Si se quería dar un giro a los santuarios de indigencia intelectual que son los institutos españoles, los cambios habían de ser otros, mucho más drásticos. Cambios que ya hemos sugerido aquí demasiadas veces como para no resultar pesados.

Quizá es que no saben (Wert, desde luego, no sabe) o que no quieren. Lo cierto es que la derecha permanece inédita en lo que respecta  a legislación educativa, si exceptuamos la fugacísima LOCE que los socialistas fulminaron sin miramientos. Por cierto que, comparado con los diwertidos cambalaches del Socioministro, aquella ley era un texto radical y subversivo. El caso es que los pepenautas han tenido suficientes años de oposición como para ofrecer a la concurrencia algo más presentable que un lacito nuevo para el mismo, y ya moribundo, perro. Ergo, o son inútiles o son taimados.

En cualquier caso, es posible que todo esto carezca de importancia. El futuro ya no puede ser de esta mastodóntica, partidista e ineficiente escuela pública, acribillada una y otra vez por intereses políticos, querellas pedagógicas y taxones burocráticos. Es hora de buscar nuevos horizontes, alejados de la anacrónica figura del legislador omnisciente. Alejados, en lo posible, de la política. De los políticos.

Por ejemplo, de Wert.

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