Las intenciones del PP en lo que respecta a la cosa educativa siguen sin estar muy claras. En este mismo blog ya se reprochó la tibieza de los planteamientos recogidos en su programa electoral, algo nada sorprendente en un partido que tardó ocho años en ofrecer una alternativa al regalito rubalcábico de la LOGSE. En cualquier caso, la reciente subida de impuestos abunda en el viejo lema de que los programas electorales están para no cumplirlos, y, cómo no, en el chascarrillo marxiano de que los principios son intercambiables a voluntad de la concurrencia. Así que toca esperar, pues el gobierno de Rajoy se ha revelado impredecible, por más que el gallego tranquilo se hartase de proclamar justamente lo contrario.
De lo poco que sabemos destaca la propuesta de extender en un año el Bachillerato y la pretensión de seleccionar a los mejores docentes. Medidas tan bienintencionadas como estériles si antes no se revisa la Ley en su conjunto.

1. La ampliación del Bachillerato:

La primera objeción la hacemos no tanto por lo que se anuncia como por lo que se omite. Desde hace más de veinte años, da la sensación de que el foco del problema está en la enseñanza Secundaria, lo cual es sólo una verdad a medias. Los informes negativos en las pruebas PISA, referidos a esta etapa, llenan páginas de periódicos y asoman en las tertulias televisivas, pero rara vez se menciona que la mediocridad de dichos resultados tiene su antecedente lógico en la mediocridad de la etapa Primaria, como lo demuestran las calificaciones obtenidas en las pruebas PIRLS de comprensión lectora. Mediocridad es la palabra justa, puesto que España está cinco puntos por encima de la media en número de alumnos con comprensión lectora baja o muy baja (28 frente a 23) y once puntos por debajo en porcentaje de alumnos con niveles altos (31 frente a 42). Así pues, la ESO no hace más que prolongar una tendencia heredada de la etapa previa.

Un segundo problema es el de la comprensividad. Ya pueden los legisladores estirar el Bachillerato cuanto quieran, que los niveles no subirán hasta que la oferta educativa sea capaz de satisfacer las demandas y necesidades de alumnos necesariamente distintos. El problema no es la brevedad del Bachillerato, sino la prolongación de la Primaria en los institutos. Ese 30 por ciento de alumnos que apenas alcanzan a comprender un texto sencillo (un cuento infantil, pongamos por caso) se enfrenta, a los 12 o 13 años, con programaciones que hablan de los análisis sintácticos, las mitocondrias, las escalas cromáticas o las funciones lineales. La consecuencia lógica es que no se enteran de nada, y que las seis horas de permanencia en el centro es para ellos una tortura china. Tortura que algunos devuelven, golpe por golpe, a sus compañeros y profesores, convirtiendo las clases en una rara contienda entre civilización y barbarie. La justificación dada por los Logsócratas para que esto sea así es que el profesor debe elaborar tantas programaciones como perfiles de alumnos tenga, lo cual es, además de imposible, una completa estafa. Y la prueba es que, después de veinte años, no hay visos de mejoría en un sistema moribundo, más allá de la devaluación de títulos que ha conseguido maquillar algunas estadísticas vergonzantes.

Si el PP quiere cambiar de veras la enseñanza española, lo primero que debe hacer es preguntar a los expertos que han diagnosticado el problema durante todos estos años. Y por expertos nos referimos, claro está, a quienes imparten clase con alumnos de carne y hueso, no a liberados sindicales, psicopedagogos universitarios o divulgadores científicos más o menos virtuosos. Cualquiera de ellos les podrá decir lo que significa dar clase en 1º y 2º de la ESO en una buena parte de los institutos españoles.

2. La selección de profesores:

Los profesores están en el punto de mira. Por más que los políticos inciensen su labor con almibarados elogios, de fondo late la sospecha de que tenemos un cuerpo docente poco preparado y que, para mayor oprobio de la cosa pública, goza de escandalosos privilegios. El problema es definir en qué consiste la preparación deseable. Para unos radica en el conocimiento profundo de las respectivas disciplinas científicas. Para otros, en la inteligencia emocional y el pertrecho tecnológico. Hay incluso un sector que considera prescindible la figura del maestro, puesto que los motores de búsqueda son más rápidos y eficientes procesando la información. Estos últimos, se supone, preferirían contratar ayudas de cámara que supervisasen la insaciable investigación epistemológica de nuestros muchachos.

Lo cierto es que las oposiciones recientes han consentido la funcionarización de individuos que a sus escasos conocimientos probados oponen un expediente henchido de cursos inútiles y cuantiosos años de interinidad. Las razones de que esto ocurra son políticas y nada tienen que ver con la excelencia que se envidia de otras latitudes septentrionales.

“Y es que el profesor empezó a ser prescindible el mismo día en que algunos creyeron que también lo eran los contenidos. Lo importante, decían, son las estrategias curriculares, las competencias básicas, la construcción democrática del conocimiento. Aprender a aprender, sí. Pero, aprender, ¿qué? El desprestigio del profesor corrió parejo al desprestigio del conocimiento. Al menos, de ese conocimiento que servía para tender puentes entre los Institutos de Enseñanza Media y la Universidad, y que hoy está siendo sustituido por un sucedáneo pueril, utilitario e insignificante.”

¿Qué tipo de profesor quiere el sistema? ¿Alguien competente en su materia o alguien que sepa hablar dos horas seguidas sobre Competencias Básicas? Esta es la cuestión.

El ministro Wert ha prometido cambios “ingentes”. Veremos. Lo anunciado nos parece, por ahora, un simple apaño cosmético. Si quiere cambios reales, ahí van tres sugerencias:

– Fin del itinerario único hasta los 16 años.
– Implantación de pruebas de acceso al finalizar la etapa Primaria y la Secundaria obligatoria.
– Creación de tres itinerarios a partir de los 14 años: Bachillerato, FP y el equivalente de los PCPI actuales.

Aquí, más detallado:

Enseñanza obligatoria y postobligatoria.

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