El programa de UPyD es, de los examinados hasta ahora, el que más se acerca a las ideas defendidas en este blog y, creo, a las posiciones de los colectivos profesionales más críticos con el sistema educativo vigente. Como venimos haciendo, pondremos nuestra atención en cuanto concierne a la enseñanza no universitaria.

El apartado de Educación se abre con un diagnóstico certero de los males que afectan a la institución escolar. Se achaca la mayor responsabilidad del fracaso a unas “leyes fallidas”  y a la negativa influencia de…

… ciertas teorías pedagógicas que no valoran ni el esfuerzo, ni el aprendizaje, ni la excelencia ni la responsabilidad, y tienden a minusvalorar o ignorar la experiencia práctica de los docentes en beneficio de hipótesis sin suficiente fundamento empírico.

Diáfano.

El redactor del texto establece una conclusión que va más allá de las consabidas cifras de abandono educativo:

Una consecuencia de esta deriva es el empeoramiento del nivel de conocimientos, e incluso habilidades básicas, de un excesivo porcentaje de alumnos de secundaria que acceden a la universidad sin el nivel básico de comprensión de la lectura, interpretación y redacción de textos o conocimientos suficientes de matemáticas y ciencias.

Quien escribe el antedicho párrafo es consciente de que incluso quienes completan el Bachiller son rehenes de una formación precaria, algo que olvidan la mayoría de políticos, obsesionados como están con ajustarse a las estadísticas que prescribe Europa.

El programa denuncia, claro está, el escándalo de la inmersión lingüística y el afán disgregador y localista del entramado autonómico. Asimismo, reclama la recuperación de la disciplina, la autoridad y el esfuerzo, valores que coinciden con los expuestos en el programa popular.

 No falta el lamento jeremíaco por la escasa inversión, cuando el auténtico problema no es que se haya invertido poco, sino que se ha invertido mal.

En cuanto a las propuestas, se aboga por un sistema nacional unitario, de acuerdo con un plan de estudios básico que sea común a todos; el derecho a la escolarización en las lenguas maternas oficiales y la aprobación de un Pacto Educativo que garantice la estabilidad de la nueva ley por un período de al menos veinte años.

Asimismo, se reivindica la condición de autoridad legal para los profesores y una competencia leal entre pública y concertada.

Consecuentes con una tradición ilustrada, los responsables de UPyD pretenden una escuela laica, dejando abierta la posibilidad de que la educación religiosa se pueda impartir fuera del horario escolar y no sea evaluable. Sus palabras no se revisten del anticlericalismo trasnochado de Izquierda Unida, ni se dirigen al único y ancestral objetivo de las sotanas:

 Esta reivindicación es hoy en día, frente al auge de fundamentalismos religiosos, más urgente que nunca. Es ilógico educar en la igualdad entre sexos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los musulmanes que la mujer es inferior. Es absurdo educar en la solidaridad y en lo bueno que es hacerse donante de órganos, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los testigos de Jehová que las donaciones de órganos son inmorales. Es disparatado educar en el respeto a la diferencia, y pagar a un profesor para que explique a los hijos de los católicos que la homosexualidad es una tara. En cualquier caso, la educación religiosa que pueda impartirse en centros públicos, de acuerdo con lo que pueda prever el Pacto de Estado por la Educación, se desarrollará fuera del horario escolar y no sería evaluable.

 En cuanto a la enseñanza obligatoria, seguiría extendiéndose hasta los 16 años, en dos itinerarios bien diferenciados:

a) un Bachillerato sólido y riguroso, considerablemente más largo que el actual y empezado a edades más tempranas. Se estudiará la posible instauración de dos controles externos, el primero al concluir la educación básica común, y el segundo, al acabar el bachillerato.

 b) Formación Profesional complementaria para quienes no deseen cursar ese bachillerato o prefieran formarse como técnicos especialistas, que tambiéndará lugar al título de educación secundaria al finalizar los estudios, de modo que haga posible el acceso a la universidad.

“Sólido y riguroso”, como debe ser. Pero, ¿cuántos años “más largo”? Si nos atenemos al adverbio, diríamos que obliga a que sean, al menos, dos. Por lo que estaríamos hablando de un Bachillerato que se iniciaría a los 14 y tendría cuatro años de duración: el modelo pre-LOGSE. Mi pregunta es: ¿tan difícil era concretar este aumento?

 Por otro lado, se propone acabar con la promoción automática, así como con la posibilidad de que se pueda pasar de curso con más de dos asignaturas suspensas.

En lo que respecta al profesorado, dos cuestiones básicas:

 1. Se plantea una reforma del acceso a la función docente, cuyo contenido se detalla por extenso en este enlace que Adrián Begoña incluyó en un comentario previo a esta entrada: http://manuelhernandez.upyd.es/2011/06/23/la-verdad-sobre-el-mir-educativo/

 2. El punto número 12, que copio íntegro:

 Deben racionalizarse los criterios de reconocimiento de méritos para acceder a plazas de profesorado, que deben basarse en la excelencia académica. La oposición ha de ser libre, y todos los aspirantes han de disfrutar de igualdad de condiciones, sin valorar la veteranía laboral o la recepción de cursillos por encima de méritos académicos superiores, como el doctorado, las publicaciones o la participación en actividades culturales de alto nivel. Además, se debe poder acceder al cuerpo de Catedráticos de Instituto directamente, a través de una oposición libre. La formación del profesorado ya en ejercicio ha de ser, en mayor medida de lo que es ahora, competencia de las universidades. Se ha de procurar restablecer el puente que existía anteriormente entre la universidad y los institutos, cuando muchos prestigiosos catedráticos de la primera lo habían sido antes de los segundos.

 En resumen, el programa de UPyD se aproxima mucho a lo que entendemos ha de ser el espíritu de una auténtica reforma educativa, pues se concibe el conocimiento, y no las pamemas psicosociológicas, como el eje indispensable sobre el que ha de girar la vida en la Escuela. Aunque con excesiva prudencia, se plantea el objetivo de que los institutos recuperen su función de escala hacia los estudios universitarios. Asimismo, se propone establecer controles externos que verifiquen la excelencia perseguida. Excelencia y calidad que se extiende a los profesores, entendidos ya no como animadores socioculturales sino como depositarios de un saber que debe ser transmitido.

Como objeciones importantes, se me ocurren varias:

–          La falta de concreción en algunos aspectos fundamentales, como por ejemplo la duración del nuevo Bachillerato.

–         La clamorosa omisión de la Primaria tanto en los diagnósticos como en las propuestas, sin cuya revisión cualquier reforma es, exactamente, un castillo de naipes.

–          De esta omisión se sigue que no se contemple la posibilidad de un control externo tras la Primaria.

–          La vaguedad de esos “controles externos”. ¿Serían meras pruebas diagnósticas o tendrían carácter vinculante?

–          La falta de un “tercer itinerario”, al modo alemán, para aquellos alumnos que no están capacitados ni para la Formación Profesional ni para el Bachillerato.

Concluyendo: el texto es mejorable, pero lo cierto es que la música suena bien. Mucho mejor, al menos, que la del resto de programas analizados. Está escrito en un español inteligible, y no en esa jerigonza crepuscular de predicadores emogenéricos que tanto abunda. Sería interesante comprobar hasta dónde estaría dispuesto a llegar este partido si algún día se hiciera con el poder.

 Pero, como decía Abraracurcix, “eso no va a ocurrir mañana”.

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