El programa educativo de IU es, por decirlo en corto, una especie de LOE Non plus ultra que concibe la Escuela como un centro de asistencia social y una suerte de comuna igualitaria.

En primer lugar, aboga por extender la obligatoriedad formativa hasta los 18 años, lo que exacerbaría el problema de los “objetores escolares”. Reclama, asimismo, un incremento de la inversión, sin admitir que ciertas partidas presupuestarias, por más que se dediquen a la enseñanza, no dejan de ser un gasto innecesario o un simple reclamo populista. Las buenas intenciones llevan a exigir una ratio máxima de 20 alumnos por aula, consagrando el principio logsiano de que si el sistema no ha llegado a funcionar como debiera es por la falta de recursos, económicos y humanos. La filosofía gestora es la del Gratis Total, como si la crisis no existiera y cada euro educativo fuese una semilla de prosperidad indubitable.

La revisión de los “Marcos curriculares” (juro que, al escribir este sintagma, me he hecho sangre en los labios) no pasa tanto por identificar las causas de la irrisoria formación académica de nuestros alumnos como por “incluir la perspectiva de género”:

Revisión de los Marcos Curriculares incluyendo la perspectiva de género: reconocer la importancia de los trabajos realizados tradicionalmente por las mujeres. Profundizar en el control de los contenidos de los libros de texto para que no generen actitudes sexistas. Introducir contenidos curriculares de género en los programas de formación del profesorado. Potenciar proyectos coeducativos en los centros. Desarrollar programas de formación de padres y madres. Educar en la afectividad y en la sexualidad como elementos imprescindibles para la convivencia entre hombres y mujeres.

Nada que sorprenda, puesto que en un documento de su página web se habla del feminismo como “eje vertebrador y transversal de nuestra política de transformación” y se afirma que el capitalismo asienta sus bases en un “heteropatriarcado” responsable de las mayores sevicias. Es notable que los defensores de la mujer vacíen el cargador sobre el modelo de sociedad que más ha contribuido a la igualación de derechos y no dejen en la recámara ni un perdigoncillo para los países regidos por la sharia. Parece, pues, que la pretensión de IU no es que se garanticen los derechos sancionados por la Constitución, sino moldear la Escuela a partir de un anticapitalismo de género. La insistencia en este punto es casi desesperada:

Potenciar la educación en igualdad mediante programas de igualdad, que supervisados por el servicio de inspección educativa, oriente en este sentido los materiales curriculares, la organización de los centros y las prácticas del profesorado.

 Inclusión de una materia específica sobre igualdad entre hombres y mujeres, como medida de prevención de la violencia de género, en los planes de estudio de formación inicial y permanente del profesorado y de otros profesionales relacionados con la educación (trabajo social, educación social, mediación intercultural, etc.).

Velar por que todos los centros educativos respeten la diversidad afectivo-sexual, promoviendo una educación sexual que supere los contenidos heterosexistas actuales y ofreciendo a todos los profesionales y a las AMPAS programas de prevención de la LGTBfobia.

Un control férreo, como ven. Ya se pueden imaginar: lenguaje no sexista (y, por tanto, libros hipertrofiados con estúpidas redundancias de género), paridad über alles (lo que favorecería la cuota masculina) y talleres psicodramáticos en los que abjurar de los andrógenos y el modelo productivo patriarcal.

Muchos de los puntos inciden en la “atención a la diversidad” y la “compensación educativa”, viejas medidas logsianas que, por su propia índole paternalista (o maternalista, que cualquiera sabe) han contribuido a todo lo contrario de lo que pretendían. No están ausentes otros mantras: multiculturalidad, inclusión, transversalismo, etc.

La Escuela debe llenarse de mediadores, educadores y trabajadores. Todos ellos sociales, claro. Puesto que lo secundario es estudiar, lo primario consiste en tener a la tribu controlada y predispuesta para la doctrina. Mucha tutoría, mucha orientación, mucha Escuela de Padres.

Como única medida estructural, y no cosmético-ideológica, IU propone acabar con la repetición de curso. Como dijo el Capitán del Titanic: ¡Adelante, adelante!

En todos los programas se detectan deliciosas contradicciones, pero el de IU se lleva la palma:

El uso y abuso de los conciertos educativos, cuyas prácticas selectivas del alumnado se han tolerado, cuando no fomentado, han dado lugar a dos redes de centros educativos financiados con dinero público con un alumnado claramente diferenciado. Una, la formada por los centros de titularidad pública, abocados a convertirse en una red asistencial dirigida a los sectores más desfavorecidos, y otra, los centros privados concertados cuyo peso es cada vez mayor.

Aun llevando razón en la nada liberal competencia de los conciertos educativos, los redactores no parecen advertir que el modelo propuesto por su partido para esa red única de centros públicos está diseñado exactamente como una “red asistencial”, donde el conocimiento juega un papel tan ridículo que apenas se menciona.

Igualmente resulta entrañable su compromiso por una “educación laica libre de adoctrinamiento”, aunque sólo sea porque en realidad ambicionan revocar los dogmas eclesiásticos para imponer su propia ortodoxia igualitarista, transgenérica y mercadofóbica: nuevos ídolos en altares añejos.

Como no podía ser de otro modo, el cuerpo de profesorado también ha de ser único, sin distingos de clase y con una fuerte base pedagógica que, suponemos, comparta la naturaleza pétrea e inmarcesible de un esplendente axioma. Como caramelos apetecibles para el votante docente se vindica una jubilación a los 60 años, 15 horas de docencia semanal y estabilidad “universal” de los interinos.

Asimismo, se refuerza el papel de los sindicatos, se habla de directores “motivadores y comunicativos”, se exige adoptar medidas para el acceso de las mujeres a los puestos directivos (¡!), como si lo tuvieran vedado en razón del algún impenetrable designio. Más poder para los Consejos Escolares:

Impulsar la participación de la comunidad escolar en planificación educativa, potenciando el asociacionismo y el papel de los Consejos Escolares de centro, municipales, de distrito, de las Comunidades y del Estado.

Y del Cosmos, ¿por qué no? Extiéndase a Hospitales, Tribunales de Justicia y Ministerios, ya que los profesionales que el Estado contrata y paga son unos inútiles de tomo y lomo.

Para rematar, además del becerro dorado 3.0 (y yo, que casi no me he enterado del 2.0…) se insiste en la importancia de la autoevaluación de los centros, aunque uno estaría tentado de pensar que el examinado será bastante generoso consigo mismo. Pruebas de diagnóstico, Competencias Básicas y, en fin, taza y media de lo que ya tenemos y que tantas alegrías nos ha proporcionado.

¿O no?

El programa, aquí:

IU

 

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