La música en mi cabeza no fue siempre este pitido calante del que os he hablado. Cuando era niño oía sinfonías enteras, con sus fanfarrias luminosas, sus cuerdas cálidas y todo el sinfín de lugares comunes que podáis asociar a los distintos timbres musicales. No se trataba de una obra ajena que hubiese  almacenado en mi cerebro, sino de una, digámoslo así, creación original que se renovaba a sí misma con absoluta autonomía. Sin duda, ése fue el motivo de que tardase tanto en proferir mi primer balbuceo: una especie de modulación wagneriana que asustó muchísimo a mis padres. Hasta aquel día, estaban convencidos de tener un hijo tonto, y asumían esta desgracia con el resignado amor que es propio de tales casos. Para reforzar su duelo, no faltaron los pediatras que me diagnosticaron afasia, amnesia, autismo y, en general, todas las patologías que empiezan por a.

Mi cromático despertar al lenguaje, que mi madre recordó tiempo después como una “psicofonía en la voz de un niño”, dio paso a nuevas interpretaciones sobre mi estado, de entre las que prosperó aquélla por la cual el hemisferio derecho de mi mollera estaría experimentando un desarrollo fuera de lo normal. ¿O era el izquierdo? El caso es que el Doctor Méndez fue quien sugirió a mis padres la posibilidad de estar ante un prodigio de la naturaleza. Un prodigio musical, para ser exactos. Ignoro lo que sabría el doctor de neurología, pero lo cierto es que era un buen aficionado al jazz.

Esto animó mucho a la Sra. Manso, no porque fuera a sentir más amor del que ya sentía por su hijo, lo cual era imposible, sino porque al fin podría repeler los gestos de conmiseración de sus amistades con una buena dosis de orgullo genético. No es lo mismo presentar en sociedad a un desahuciado que a Mozart redivivo. Mi padre, en cambio, se preguntaba de dónde habría podido sacar ese talento un vástago de su estirpe, en la que no abundaban, precisamente, el discernimiento melódico ni las filigranas rítmicas. Mi madre ni siquiera había escuchado Eine Kleine Nachtmusik durante su embarazo, pues la música no ocupaba un puesto de honor en sus tribulaciones como asesora fiscal. Además, había leído que esa música se la ponían a las vacas de Wisconsin para que dieran más leche. Y aquí no se trataba de que un niñato con peluca y chupa rococó le estrujara las ubres. Tonterías.

La tesis era de doble sentido. O bien las alucinaciones musicales me predisponían para la música, o bien eran mis facultades musicales las que me provocaban aquel continuum filarmónico. Fuera de uno u otro modo, mis padres concluyeron que sería muy conveniente aprovechar aquellos dones y pagarme unas clases de piano. El Doctor Méndez aprobó la idea, aunque, en su modesta opinión, el saxo alto era un instrumento con menos competencia y de una versatilidad muy apreciada. Al fin y al cabo, pensaban, alguien que oye música las veinticuatro horas del día debe de tener mucho trabajo avanzado. El conocimiento de la técnica haría el resto.

Pero nada es tan sencillo…

Como era de esperar, la cantinela somática me distraía de mis encuentros con  la música mundana. En realidad, me distraía de cualquier otra cosa, incluidas las más elementales pautas de interacción con otros seres humanos. Pero sobre esto abriremos un capítulo aparte. Lo que ahora quiero dejar por escrito es cómo mi profesora de piano llegó a un diagnóstico mucho más cruel que el de los médicos que habían investigado mi mal.

– Este niño tiene una oreja delante de otra. Y ni un gramo de sensibilidad.

Mi madre asentía, porque en su casa le habían enseñado a respetar la autoridad del experto, pero en realidad imaginaba a la Sra. Castañón siendo objeto de las peores sevicias. Lo adivinaba por un gesto suyo con el que solía poner diques a la expansión de los instintos. El gesto en cuestión consistía en morderse el labio con las paletas superiores hasta hacerse sangre.

– Ustedes pueden seguir pagando estas clases y yo no les pondré ningún impedimento para ello… Pero mi ética profesional me obliga a decirles que este muchacho no ha nacido para la música. Tiene zarpas en lugar de manos.

Está bien, me toca defenderme. No es que fuera insensible a los matices del señor Muzio Clementi, quien, por otra parte, era un ladrillo de mucho cuidado, sino que debía equilibrar los volúmenes de lo que oía en mi cabeza con los sonidos que, literalmente, arrancaba del noble instrumento. Si no quería que las alucinaciones me arrastraran a su particular tempo, a su tonalidad propia, entonces debía golpear las teclas con toda la fuerza que me fuera posible. Y vaya si me empleaba a fondo. No había Andante lírico que yo no transformara en una intimidante marcha militar, ni pasaje tan delicado que no pudiera convertir en un aquelarre a las mismísimas puertas del infierno. Ciertamente, la Sra. Castañón debió sufrir lo indecible en aquellas tardes de violenta mecanografía. Pero mi madre no estaba dispuesta a aceptar el veredicto.

– Este niño nació con la Música en su cabeza. Y creo que usted se está encargando de expulsarla a patadas. Buscaré a quien sepa mantenerla en el sitio que le corresponde. Adiós.

El amor consanguíneo no entiende de imposibles ontológicos, como veis.

Mi madre, con sangre en los labios, prometió buscarme otra víctima que ofrecer al altar profanado de Terpsicore. Ya os hablaré de ella, porque ahora hemos de volver a la Cáscara de Huevo.

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