Podría deciros que me llamo OSman y esperar, como ocurre en las presentaciones habituales, una señal de aburrida complacencia. Ah, OSman, encantado de conocerte. Pero intuyo que alguno de vosotros ya habrá arrugado el entrecejo y deducido que alguien que se hace llamar así sólo puede ser un artista famoso o un perfecto imbécil, si es que no ambas cosas a la vez. Como no he llegado a convertirme en lo uno, ni mi orgullo es tan débil como para aceptar considerarme lo otro, os adelanto que satisfaré vuestra posible curiosidad en el momento indicado, cuando ya sepáis algo más sobre el portador de esta doble y mayúscula infamia. Por ahora, baste añadir que la s de mi nombre se ensoberbeció sólo en la edad madura, y que, por mucho que os cueste creerlo, no fui yo el responsable de esa estúpida mutación nominativa.

También quiero que sepáis que estamos muy cerca del final de la historia. No la del señor Fukuyama, claro está, pues ésa también soporta el gracioso envanecimiento de las letras capitales, sino la mía. Que haya decidido abrir por el cierre no significa que tenga pretensiones de originalidad, sino que el origen se explica por los límites últimos de la acción que produce. Y, en mi caso, ese límite es una sola nota, un pedal incesante, un bordoncillo agudo que me zumba en los oídos mientras hago mi entrada en la Cáscara de Huevo. Los médicos me han dicho que es un simple acúfeno, también llamado tinnitus, y que tras el síntoma de ese punzante campanilleo no se detecta ninguna infección o traumatismo que deban preocuparme. Yo les dejo hablar, porque en mi casa me enseñaron a respetar la autoridad del experto, pero sé que se equivocan y que la resolución es inminente. Sospecho que lo próximo será un ruido blanco, como el de una televisión que no está sintonizada o el de uno de esos cedés que incluyen una solitaria pista de semejante ruido con el fin de conciliar el sueño.

Pero os dije que estaba entrando en la Cáscara de Huevo, y eso me hace temer que entendáis tal afirmación de un modo literal, como si se os hubiera invitado a una innecesaria revisión de El Increible Hombre Menguante. Nada hay aquí de extraordinario, puesto que la Cáscara es sólo una de las sedes que el Aparato emplea para festejar sus logros y rodear a sus funcionarios y siervos de una liturgia apacible. Si se le llama así es porque tiene esa forma ovoide; signo, si queréis, de que nuestros señores, al contrario que este humilde servidor, prefieren el orden ab ovo antes que encomendarse a las veleidades del azar y la libre asociación de ideas. Así que me introduje en el plasma germinativo del Aparato, mientras oía esa única nota, un Mi con sensible tendencia al Fa, aunque a veces me parezca un Fa que ansía recalar en su frecuencia vecina. En la entrada, una azafata me entregó un díptico de papel ilustración mate, en el que se refería la secuencia abrumadoramente lógica del acto institucional. La chica se me quedó mirando y preguntó:

– Usted es OSman, ¿verdad?

Asentí. Antes dije que no era un artista, pero eso no significa que no sea famoso. En realidad, OSman es el famoso. Y detrás de esta fachada altisonante habita un individuo que responde al sencillo nombre de Rafael Manso.

– Sí, de alguna manera soy yo. Y tampoco.

XVI PREMIOS AL EMPRENDIMIENTO CULTURAL Y E-DUCATIVO  “MAURICIO MANCHA”

11.15: Presentación a cargo de D. Ernesto Caballero (Fundación Leda)

11:30: Conferencia a cargo del Consejero de Educación, Excelentísmo Sr. D. Francisco Mancha.

12: 30: Ágape.

13:15: Actuación musical: Grupo Melodyne.

13: 45: Entrega de premios.

14: 15: Clausura.

Ya veis, todo un programa, casi un itinerario vital concentrado en poco más de tres horas. Podréis figuraros que alguien incapaz de presentarse como es debido ni de justificar en modo alguno su rareza onomástica se enfrente a una perspectiva como ésa sin demasiado entusiasmo. Ya tendremos ocasión de relatar lo sucedido en cada uno de los hitos horarios, aunque tal vez os haga comer las manzanas antes que el huevo y la digestión se os haga insoportable. Pensad que el tinnitus me zumba en la cabeza de un modo tal que cualquier estímulo es susceptible de llamar mi atención, si así se me concede olvidar por un segundo esta música plana, minimalista y terca como el Excelentísmo Encefalograma de nuestros amados próceres.

Tened paciencia conmigo.

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