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Ha sido anunciar Aguirre el Bachillerato de la Excelencia y responder al unísono los enemigos declarados de la libertad y el mérito. Ni siquiera ha hecho falta que medie normativa alguna para aclarar la naturaleza y los fines de ese instituto piloto: Aguirre es sospechosa de segregacionismo. Palabra que, por cierto, hace fortuna entre quienes aceptan la mediocridad equitativa como un mal menor de la enseñanza española. Quizá porque tal presupuesto exime a los responsables de ser ellos mismos “excelentes”.

A la presidenta madrileña la van a vestir con todos los ropajes de la mejor retórica racista, puesto que, si segrega, sólo puede ser para levantar “guetos”. Eso lo dicen quienes más han hecho por fomentar el ostracismo académico de los más humildes. Sé de lo que hablo: en Sevilla, donde vivo, hay centros que son, de manera oficiosa, consentidos reductos de marginalidad. Centros que reciben a los muchachos que los otros institutos declinan acoger, y que están condenados a prolongar sus miserias privadas en un sistema miserable. Y así, esta izquierda ramplona que ha destruido la educación y hostiga a los profesores con el fin de mejorar las estadísticas; esta izquierda hipócrita de uniforme y Colegio Alemán que nos conmina al uso de lo público mientras su descendencia USA Masters; esta izquierda clasista que ha destruido el conocimiento como posibilidad compensatoria de las desigualdades… Esta izquierda es la que ahora se permite el lujo, uno más, de escandalizarse.

Dice Gabilondo que la medida de Esperanza “aísla y separa” a los muchachos, como si los consejeros del PP fueran a patrullar los institutos y cobrarse piezas valiéndose de una red y una pistola de dardos tranquilizantes.

– Eh, tú, wonder boy, ni te muevas. Lo quieras o no, vas a venir con nosotros.

Poco importa que se trate de un único instituto, que sea una experiencia piloto, que se anuncie como público y gratuito y que el ingreso tenga carácter voluntario. Como tampoco importa que el criterio exigido se limite a las capacidades intelectuales de los alumnos. Aguirre es una supremacista al servicio de las clases pudientes. Una feroz darwinista social que sólo pretende perpetuar la casta de los poderosos.

Gabilondo no cree que “haya que seleccionar”, sino que es partidario de “incorporar todas las diferencias”. A fe mía que es coherente con sus acciones. Tantas son las diferencias integradas en el aula que los Bachilleratos empiezan a poblarse de alumnos que hace sólo quince años habrían tenido dificultades para aprobar la Primaria. El título de ESO, tanto como el de Bachiller, están más devaluados que nunca, pues lo que el alumno no obtiene por su capacidad o esfuerzo se lo concede la Ley con sus atajos administrativos. Y, claro, no faltan las vaguedades de regusto zen, sección IKEA: “Las aulas son para convivir”, dice el Metaministro, lo cual es como no decir nada y decirlo todo. Bienvenidos a la República Independiente de mi IES.

Recuerdo que, en mi época de estudiante, el colegio en el que estudié celebraba unas jornadas voluntarias que consistían en pasar unos días con otros alumnos y algunos profesores en las instalaciones del centro. Mi colegio era un privado laico cuyos dueños, no obstante, pertenecían a una orden religiosa. Era un lugar hermoso, en mitad del campo asturiano, con unos edificios anexos que servían de hospedaje. Para que se hagan una idea, la selección de fútbol de Chile se concentró allí durante el Mundial 82. Fíjense: la “selección”. ¡Qué poco igualitarios aquellos simpáticos chilenos!

Fui sólo una vez, animado por algún compañero que me refería lo divertido que resultaba tener todo aquello para nosotros, jugar al fútbol gran parte del día y organizar expediciones nocturnas a dependencias nunca antes franqueadas. En efecto, en eso pasábamos las horas, aliñado el ocio con algunas charlas y debates en los que podían salir a colación el Papa o la política internacional. No me interesó. Si quería quedar con mis amigos, prefería hacerlo en otra parte, lejos de la influencia de los adultos. Me resultaba violento que, de pronto, aquel riguroso profesor de Historia se convirtiera en un inesperado maestro de confidencias. Y eso que aquellos profesores eran prudentes y no prodigaban muchos esfuerzos en su ejercicio de catequesis.

A esos fines de semana los llamaban, cómo no, “Jornadas de Convivencia”.

Eso del “convivir”, aparte de una vaciedad, es un cajón de sastre en el que cabe cualquier cosa. Cuando el mero hecho de estar es suficiente, el hacer objetivo pasa a un segundo plano: la depuración de contenidos es el preludio de la charla doctrinal.

Por otro lado, tiene gracia que cuanto más se insiste en el propósito integrador más se degrada la convivencia en los institutos. Quienes llevan veinte años dando clase lo saben. Saben que, a día de hoy, están expuestos a ninguneos y humillaciones que nunca habían sospechado tener que soportar. “Integrar todas las diferencias” supone que todos tienen derecho al éxito, hagan lo que hagan, quieran o no quieran ejercerlo.

Y es que, como afirman los papis de la CEAPA, “la educación es lo único que equipara a todos”, frase tan bienintencionada como falsa. La educación no es democrática, no lo ha sido  nunca ni lo será jamás. No hay modo alguno de transferir recursos intelectuales del mismo modo que se redistribuyen los bienes materiales. La educación – o, mejor, la enseñanza – es jerárquica: del que sabe al que no sabe. Y entre quienes aprenden se produce una selección  consustancial a la naturaleza humana. A mí me encantaría formar en la delantera del Real Madrid al lado de Cristiano e Higuaín. Jugué al fútbol de joven, pero el mero hecho de hacerlo no me equiparó a estos virtuosos del balón. Quizá vivo en el engaño y pueda reclamar el derecho a que Mourinho me convoque para los cuatro Madrid-Barça que se avecinan…

Lo único que cabe pedirle a Aguirre es que, cuando su partido gobierne, haga lo posible para invertir los términos del sintagma. Que del Bachillerato de la Excelencia pasemos a la Excelencia del Bachillerato. Ése es uno de los mayores retos que se le presentan a la derecha, y que consiste,  nada más y nada menos, en que la excepción se convierta en norma.

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