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Roger Scruton es un filósofo inglés poco amigo de la corrección política. En su último libro, el profesor de Oxford alerta sobre los peligros de las falsas esperanzas, del “optimismo sin escrúpulos”. En España ha hecho fortuna la expresión “optimismo antropológico”, que viene a ser una disposición del ánimo encaminada a la consecución de lo que se sabe imposible.

Scruton reparte su ironía en muy distintos frentes, desvelando las distintas falacias a que da lugar la autocomplacencia de los utópicos: el transhumanismo, la crisis crediticia, los edificios de Norman Foster, el multiculturalismo, el terrorismo islámico, los adefesios de Tracey Emim, el tercermundismo y la planificación central de la Unión Europea, a la que augura, por cierto, una futura implosión semejante a la del bloque comunista.

Y, cómo no, también tiene interesantes párrafos dedicados a la educación. Refiriéndose al Informe Plowden (1967), dice lo siguiente:

El crecimiento de la “educación” como un campo de estudio, y la legislación que compilaron en su día aquellos nuevos profesores no especializados, produjo un nuevo tipo de “experto”, cuyo vínculo con las teorías optimistas no estuvo, como norma, templado en ningún caso por una experiencia prolongada en las aulas o avalada por ninguna reserva especial de sentido común.

Estos “expertos”, según Scruton, basaron su preceptiva en la falacia del “nacidos en libertad“, de inequívoco aroma rousseauniano. Ya saben: la libertad es lo que queda cuando se retiran todas las instituciones, leyes y jerarquías. Del mismo modo, la escuela debía liberarse de tales cadenas, lo que supuso que el profesor abandonara su papel de autoridad, moral e intelectual, para convertirse en un compañero de juegos. Enseñar, desde luego, no entraba dentro de sus atribuciones, puesto que la imposición de un saber canónico, estandarizado o etnocéntrico significaba poner grilletes al espontáneo desarrollo del niño. Cuando el conocimiento y su transmisión se retiran de la escena, lo único que permanece es un insostenible “subsidio del fracaso”. Las culpas, entretanto, se dirigen a entidades abstractas como la “sociedad”, el “contexto” o, añado yo, el “secular atraso económico”.

Otra falacia sobre la que se sostiene la educación europea es la de la “suma cero”. Se basa, dice el profesor Scruton, en un nuevo concepto de justicia que nada tiene que ver con la justicia, por estar desprendida de las acciones y responsabilidades de los individuos, y que se formula así: el éxito de algunos alumnos supone el fracaso de otros. Las oportunidades deben ser igualadas. Todos deben recibir la misma educación. He aquí la justificación “ética” de la enseñanza comprehensiva. Por cierto, y ya que hablamos del Informe Plowden. En más de un foro he oído decir que tal modelo de enseñanza fue una estrategia de Thatcher y los conservadores para beneficiar al sector privado de la enseñanza. Basta cotejar la fecha de dicho Informe y la del período en que la “Dama de Hierro” fue Secretaria de Educación para concluir que el inicio de la reforma es previo  a su mandato y que, si de algo se la puede acusar a este respecto, es de no haber hecho lo preciso para cambiar las tornas. Dice Scruton:

Un sistema que ofrecía a niños de familias pobres una oportunidad de avanzar por los méritos de su talento o de su esfuerzo fue destruido sin más, por la simple razón de que distinguía a los que triunfaban de los que fracasaban.

El propio Scruton cuenta cómo creció en una situación de pobreza y con unos padres que no tenían demasiado interés por los estudios de su hijo. Hoy, el pequeño Roger quizá sería carne de PCPI, y una cohorte de psicólogos y “expertos” habrían dictaminado dicho “contexto” como causa inapelable de su fracaso escolar.

Hacia el final del libro, Scruton nos dice algo más sobre tales “expertos” en educación:

… sabían, supuestamente, todo sobre psicología, filosofía y sociología de la escolarización y sobre el auténtico (y hasta el momento incomprendido) significado de la educación en nuestro mundo moderno. Pero no se les exigió tener ningún conocimiento de primera mano sobre ninguna materia, y menos todavía una calificación competente en alguna disciplina ya reconocida. Pese a ser absolutamente incapaces de entrar en una clase e impartir los conocimientos que los alumnos vienen a adquirir, eran “expertos” en todos los procesos de enseñanza.

En efecto. En vez de aprender algo sobre una materia, aprendieron cómo enseñarla, lo cual es tan inexplicable como el milagro de Lourdes. Y estos “expertos” conminan a los profesores a mejorar su formación pedagógica sin exigirse a sí mismos la pareja acumulación de una valiosa experiencia en el aula. Una experiencia real. Se les regala un Máster Universitario para formar a profesores de Instituto sin haber sido jamás profesores de Instituto ni, claro está, especialistas en ninguna de las asignaturas que allí se imparten. Es notable que alguien que nunca ha estudiado Música se permita el lujo de anunciarme que me “facilitará herramientas para mejorar mi proceso educativo”. Esto he tenido que oírlo hace poco. Como la generosa oferente era una dama de cierta edad no quise responder con una grosería, pero es obvio que si alguien estaba en disposición de hablar sobre lo que pasa en un aula era yo, ya que casi diez años de oficio me convierten a mí en el experto y a ella en una simple aprendiz.

El panorama que pinta Scruton es reconocible para cualquier profesor que viva su labor de enseñante con un cierto “malestar intelectual”, por elegir un pedante eufemismo que sustituya a la frustración y el desencanto. Igualitarismo a la baja, proscripción del saber, falsos expertos.

Antes de elaborar la siguiente Ley Educativa habrá que sopesar si queremos seguir alimentando estos sofismas, y si nuestro insaciable apetito de “equidad” no es sino el mejor modo de promover iniquidades.

Roger Scruton: “Usos del pesimismo”, Ariel Filosofía, 2010.

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