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Día 8

Estepa, Osuna, El Saucejo. Niebla, otra vez, como si el mundo fuera un inmueble de próxima construcción.

En Estepa hay un cartel a la entrada: Prohibida la venta ambulante. Me pregunto si esto incluye las mercancías del espíritu, en cuyo caso puedo estar transgrediendo las leyes de la ciudad.

Un profesor:

– ¡Qué buena propaganda tenéis!

– ¿Le gusta?

– Mucho. Y la décima es cachondísima:

Una profesora confiesa que, poco más o menos, así es como escriben sus alumnos. Aventura un giro copernicano en las reglas de la ortografía, por el cual esos diez versos serán muy pronto ejemplo de escritura pulcra y canónica. No se ríe. Es el futuro.

En Osuna me encuentro con  mi amigo F, teólogo y profesor de religión. F es un Demóstenes hiperactivo, un polemista vocacional.

– ¿Qué opina [PIENSA] de la religión? – me espeta, con calculada malicia.

– Que, en ningún caso, debe ser una catequesis.

– Entonces opina lo mismo que yo.

También hablo con S, una profesora de Griego que se parte de risa con nuestras pegatinas. Nos sigue al minuto, dice. Pero, ah, ella también padece esa lumbalgia de la voluntad que se llama desencanto.

– ¿Qué se puede hacer?

– Nosotros, de momento, hemos impugnado el ROC.

– ¿Ah, síiiiiii….?

– Ajá.

Y parece que eso le basta para comprender que se pueden hacer cosas, que hay quienes adoptamos la posición erguida de los [SAPIENS] también en lo que atañe al deseo y las convicciones. Me asegura que va a asociarse.

Acabo la jornada en El Saucejo. Sobre el promontorio se dibuja el tapiz cenizoso del orvallo. Es un día gris, pesante como el rezongo animal de un violonchelo.

En el pasillo que lleva a la sala de profesores me encuentro con tres chicas que charlan alrededor de un pupitre. Hay libros abiertos y cuadernos garabateados. Pero el auténtico libro abierto son ellas. Tendrán catorce o quince años. Las tres visten ropa deportiva, tienen el pelo recogido en una coleta y demasiado maquillaje. Se hace el silencio cuando paso. Pero ya no es un silencio de pit bulls en guardia, sino de lolitas salaces.

– Bueeeenooooo…. – dice una, entornando los ojos.

– Hola – dice otra, mirando desde muy abajo, desde la selva oscura en la que crece el instinto.

– ¿Qué tal? – respondo.

– Bien, ¿y tú? – dice la tercera, forzando una dicción de telenovela barata.

Y noto sus miradas en la nuca, las risas no disimuladas, el inmisericorde poder de los quince años pidiendo la cabeza del Bautista.

Son otras las miradas cuando digo:

– Hola. Vengo a traer información sindical. [PIENSA]-Volens…

– Ah, sí… Mira, allí tienes el tablón.

Ni acción, ni deseo: atrás queda el futuro.

 

 

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