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Día 5

Hoy me quedo en Sevilla. Es viernes y estoy cansado de razzias comarcales. Así que jugaré en casa, con el público a favor.

Voy al Beatriz de Suabia, instituto donde hice muchas y buenas amistades. Así, esto no es una visita, sino un reencuentro. Abrazos, qué es de tu vida, a ver cuándo quedamos, besos. Promesas de voto, promesas de almuerzos y excursiones por la montaña. Promiscuidad de otium y nec otium.

Una profesora de Filosofía se deja engatusar por la belleza de nuestros folletos, por la caricatura del Descartes resistente a fuer de [p]iensante.

Tenemos un diálogo de vida-mente cartesiano:

– No parecéis un sindicato.

– No somos solamente un sindicato.

Cuelgo el cartel en el más pulcro y ordenado tablón de toda la provincia. Allí, la evolución letramórfica solicita una melodía de Mussorgski para completar el cuadro. ¿Hay algún músico en la sala?

Hago un receso para desayunar con mi amiga L en La Esquina, donde se despacha la mejor tostá de aceite y jamón que  jamás vieran los siglos.

Le regalo a L un marcapáginas.

– ¿Quién es este chico? – pregunta.

– Es Peter. Es nuestra imagen de campaña.

– Pero, ¿existe?

– Mira, ¿ves lo que pone aquí? [PIENSA]…, luego existe.

 

Hay más conversaciones, más a ver si nos vemos, más recuerdos y parabienes. Hoy, el visitador es visitado en los silos nucleares de su memoria.

Se despide de sus amigos. Desde hoy, muchos de ellos son también Los amigos de Peter.

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