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Día 3

El visitador nunca ha estado en Carmona. Sabe de su Alcázar, de sus palacios y ermitas, pero jamás ha puesto un pie en el escarpado relieve de su casco histórico. El visitador es sensible a la belleza, pero suele declinar las invitaciones al viaje por razones impuramente físicas. Viajar cansa. La inmovilidad es el motor de la fantasía. Y también está De Maistre

Sin embargo, toca moverse, toca mover los afectos de extraños que lo reciben a uno con curiosidad, indiferencia o recelo.

Así que Carmona, al fin.

Ironía trágica, ma non troppo: al visitador se le niega la contemplación de la belleza. E y yo llegamos al pueblo atravesando una niebla de Serie B, tan espesa que apenas alcanzo a identificar los perfiles de la muralla. La niebla es, hoy, la muralla. Está bien que así sea: vinimos a la prédica, y no al goce.

Hoy descubro la importancia del espacio vital. El territorio codiciado es el tablón de noticias sindicales, donde se amontonan carteles y fotocopias que hablan de sexenios, de homologaciones salariales y jubilaciones anticipadas. En época de elecciones, los límites del exiguo corcho no pueden contener la llegada de los bárbaros. Demasiadas tribus para invadir Liechtenstein.

Un profesor de guardia reprocha a E que pretenda colocar nuestro cartel sobre alguna convocatoria vencida, sobre un panfleto horrícromo que publicita promesas muertas.

– Si no te importa, déjalo sobre la mesa.

E, además de experiencia en corchos, tiene tablas. Cuando vamos juntos, él es quien abre un amistoso fuego sobre los concurrentes, anunciando la preciosa mercancía con un timbre de alegre fanfarria. Yo, tras el fragor de metales, hago un reparto exhaustivo de los documentos: marcapáginas, trípticos, pegatinas. Siempre sonriente, con una cortesía centroeuropea. Los dos charlamos con quienes nos preguntan. Un trabajo sencillo. Pero la educada hostilidad de los alcornoques es algo nuevo para mí.

– Pues sí que me importa – dice E, con aplomo – Libertad sindical, ¿sabe?…

Así que el cartel se cuelga en el tablón, desplegando su belleza apaisada en un nuevo y pacífico Lebensraum.

Cuando salimos, la niebla sigue ahí. Esperan otros pueblos, acaso no tan bellos, pero igualmente merecedores de poner nuestra chincheta en Flandes.

Vamos.

 

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