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Día 2

No es cierto que el miedo sea libre. El miedo es una constricción de la libertad, una ardentía en el pecho que no deja paso franco a las palabras.

Hoy me acompañó G en mis visitas claustrales. G es directa, concisa, con una rara habilidad para demorar el pestañeo cuando habla. G no tiene miedo. In ictu oculi.

Había una chica. Joven, risueña. ¿La Algaba? ¿Alcalá del Río? Al cabo, los rostros son igual de jóvenes o viejos. Los institutos, varados en la misma, satisfecha circunspección de sus ladrillos. ¿Qué dijo Eliot? Ah sí:

If all time is eternally present

All time is unredeemable.

Pareció reconocer nuestras siglas, nuestra estética de Círculo de Viena. Dijo:

– Ah, me acuerdo: la manifestación de abril contra el ROC.

– ¿Estuviste?

Entonces, un abrupto despertar. La joven profesora escruta a los compañeros que, en la sala de profesores, corrigen  formidables anacolutos con melancolía proustiana.

– Pero…, pero no fui yo sola, ¿eh? – dice, con temor y temblor.

– Claro, claro. Fuimos siete mil. Nos habríamos visto. Tranquila.

 

El miedo vive también en la sucesión de timbres y cancelas: la puerta automática – ese zumbido, como de  moscardón voltaico – es el cancerbero de nuestros académicos infiernos. Las conserjes sonríen, encarceladas en su pecera con braserillo cartesiano:

– La segunda puerta a la derecha.

Encontramos a una amiga: C. Nos presenta a gente.

[PIENSA], ¿eh?… ¡Falta les hace a algunos!

C tiene voz de contralto sin filtro y un cierto parecido con Anne Sexton. Nos conduce a una antigua cocina que unos cuantos profesores han reconvertido en salón de té. El humo de las infusiones no es, por lo demás, el único que flota. He aquí un espacio para el visitador de dedos amarillos.

– Disfrutar de ciertos placeres – dice Anne – depende de los vicios que practique el jefe.

Reímos. Me arde el pecho, pero no es por miedo.

Simplemente, no estoy acostumbrado al Chester.



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