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Día 1

Soy el visitador. En los próximos quince días me levantaré temprano  y recorreré la provincia de Sevilla en un coche lleno de materiales de campaña. Propaganda.

Atendiendo a la etimología, habré de multiplicarme, diseminarme, difundirme por cuantos institutos pueda. Habré de afirmar el mensaje de un nuevo proyecto, el proyecto [PIENSA], y hacerlo con el afilado estilo de los más artísticos pasquines. Al mismo tiempo, otros visitadores me seguirán los pasos, del mismo modo que yo pisaré las huellas de otros visitadores. Huellas sobre huellas. Palabra sobre palabra.

Como hoy. El plan que me traza E, mi compañero de viaje: San José, La Rinconada, Burguillos, San Jerónimo. Un trago de café negro para empezar el día. Un cigarrillo nietzscheano. Schnell.

Representar a un sindicato, hoy en día, no es fácil. La pompa con que lo reciben a uno tiene más de fúnebre que de jubilosa. Sin duda, la paniaguada verticalidad de los mayoritarios ha contribuido a que el recelo se extienda a quienes, del amo, ni pan ni agua solicitan. Como esa chica, en San José, al ofrecerle un tríptico rigurosamente laico:

– No, no… Yo es que con los sindicatos…

Hay que deshacer el nudo. Luz, más luz.

– En nuestros estatutos se establece que renunciamos a liberados totales y a subvenciones.

Y, en efecto, parece que su rostro se ilumina.

– Ah, bueno… Déjame ver.

 

O ese veterano de La Rinconada, que, como los buenos púgiles, carga el peso en los talones para disparar las sospechas:

– ¿Tenéis algún partido político detrás?

– No. La última vez que me volví no había nadie.

 

Pero también hay quienes te esperan. Se acercan a E y a mí y nos dicen lo que [p]iensan. Se desahogan.

– Necesitamos que esto cambie.

– Yo también estuve en la del 14.

– Aquí tenéis gente que os sigue.

 

Como yo a los otros visitadores. Como los otros visitadores que pegan, somnolientos, sus carteles sobre los míos.

 

 

 

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