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Al señor Juan José Romera no se le puede negar originalidad y heterodoxia en su defensa de la LOGSE. A día de hoy, la mayoría de profesores de Instituto se dividen entre quienes la criticamos abiertamente y quienes la soportan sin hacerse más preguntas de la necesarias. Sólo por eso, el señor Romera merece toda nuestra atención. De hecho, enfrentarse a los argumentos del profesor granadino es como acometer la glosa de una LOGSE encarnada. Él habla por la Ley y la Ley habla por él.

Romera considera la LOGSE un buen texto, aunque concede que la ampliación de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años se convirtió en una fuente de problemas:

“Después se fue propagando la idea de una bajada de nivel y nadie estuvo contento”

Es extraño al sentido común considerar como bueno aquello que acarrea “muchos problemas” y no contenta a nadie. Para alcanzar tales niveles de abstracción se precisa separar rigurosamente la teoría de la praxis, encastillarse en un mundo arquetípico sin conexión alguna con lo real. Claro que el matiz de Romera es muy interesante y le deja a salvo, por el momento, de incurrir en flagrante contradicción: “se fue propagando”, dice, como si tal “bajada de nivel” no fuera más que otra idea sin posible verificación en el día a día de nuestras aulas.

– ¿La LOGSE castiga la cultura del esfuerzo?

– No lo creo. La enseñanza comprensiva -el término proviene del inglés comprehensive- intenta valorar el esfuerzo del alumno que no llega a un determinado nivel. Se trata de dar un tronco común a todos los alumnos.

La pregunta está mal dirigida. No se trata tanto de que la LOGSE castigue a quienes se esfuerzan como que premia a quienes no lo hacen. Valorar “esfuerzos individuales” y “dar un tronco común a todos los alumnos” es una contradicción en los términos. ¿Cuál es el nivel mínimo aceptable, si de lo que se trata es de ponderar el entusiasmo y la motivación? ¿Qué enseñanza común puede recibir un grupo de alumnos si la clave del proceso educativo no reside en la transmisión eficaz de una herencia compartida, sino en la individualidad excluyente de cada uno de ellos? Surge, pues, el problema del “nivel mínimo”:

–  ¡Pero habrá que exigir un nivel mínimo!

–  Desde luego, pero es cuestión de conceptos. ¿Qué es un nivel mínimo? ¿Entra dentro del nivel mínimo saber qué es un complemento directo, o expresarse con claridad?

Si un profesor necesita hacerse esa pregunta, es que los problemas son muy graves. Expresarse con claridad (con una mínima claridad, si se quiere) ha de ser, por fuerza, un requisito exigible en algún momento de la vida académica. Y, además, tal facilidad de expresión está estrechamente relacionada con la comprensión lectora; asunto que preocupa, y con razón, al profesor Romera. Refiriéndose a PISA, señala:


-He analizado las pruebas con detenimiento y se trata de habilidades lectoras y de comprensión que se practican poco en clase. Estamos aún muy condicionados por los contenidos..

He aquí otro viejo mito: el que separa comprensión lectora y contenidos, como si fueran ámbitos desconectados, realidades independientes. Cansa repetir lo obvio, pero es imposible comprender un texto si previamente no se conocen sus contenidos. Imposible. Si los resultados son malos no se debe a una primacía de los contenidos, sino a que la LOGSE, por la ya apuntada contradicción entre saberes comunes y atomización del alumnado, obliga a reducir aquéllos a niveles irrisorios. Si algo deben hacer los profesores es proveer de contenidos a sus asignaturas, pues cada rama del conocimiento tiene su propio campo semántico, un vocabulario y unos modos de expresión con los que hay que familiarizarse antes de analizar un texto. Pretender que existen “habilidades lectoras” al margen de los contenidos de la lectura es absurdo. Si mi amiga Marta me regala su tesis sobre Biología Molecular le agadeceré el detalle, aunque sepa de antemano que todas mis habilidades lectoras juntas no me servirán para comprender ni una décima parte del mamotreto. La razón es (¿cuál, si no?) que no sé nada sobre Biología Molecular.

Claro que, para Romera, lo absurdo es la Gramática (le tiene especial ojeriza al complemento directo), que “no sirve para nada”. No sé qué diría de esto mi paisano Emilio Alarcos, que en paz descanse, cuya “inservible” Gramática guardo en uno de los anaqueles de mi biblioteca. Este exabrupto de Romera podría hacerse extensible a las integrales y derivadas, al estudio del solfeo, al conocimiento del Latín, a la Historia de España, a la Mecánica de fluidos, al argumento ontológico de San Anselmo y al Quijote: a la mayoría de la gente no le sirven para nada. Quizá habría que rediseñar los colegios y convertirlos en Ferias de Muestras, pues éstos son espacios donde las obras exhibidas (tractores, lavadoras, descorchadores eléctricos y Power Balance…) tienen una utilidad y unas prestaciones, oiga, no se vaya a usted a creer…

En cualquier caso, el conocimiento es mucho más barato que una podadora o una Black & Decker. Como dice Romera: “si no sé lo que es el Tratado de Versalles lo busco y me entero”. Y ya está. ¿Ven qué fácil? Del mismo modo, podría decir: si no sé lo que es una progresión armónica por ciclo de quintas, lo busco y me entero. Pues ya me dirá usted si se entera, caballero.

Otra perla:

“Yo prefiero que me identifiquen un texto del Barroco antes que pedirles que me cuenten todo lo que saben del Barroco.”

Estupendo. Ahora dígame cómo van a identificar un texto del Barroco si previamente no han estudiado el Barroco. ¿Con las “habilidades lectoras”? Imagínense fiarlo todo a tal entelequia y que te planten en las muy judías narices este miura:

Soneto a Luis de Góngora

Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla,
y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
aunque aquesto de escribas se te pega,
por tener de sayón la rebeldía.

Está claro como el agua de Sevilla que con una pizquita de técnicas de estudio y cuarto y mitad de estrategias para la comprensión lectora cualquiera puede saber de qué demonios habla Quevedo en este, por lo demás, conocido y feroz soneto. ¿O no?

También dice que en otros países no se repite curso – lo cual le place – sin matizar que en otras latitudes no existe la escuela comprensiva. Y que lo más “revolucionario” consiste en que el alumno aprenda por sí mismo, sin precisar desde qué etapa debe hacer tal cosa.

Pero lo mejor de todo queda para el final. ¿Recuerdan que el descenso de nivel era, en palabras de Romera, una “idea que se propagaba”? Pues va a resultar que de tanto propagarse, materializóse:

“Es muy triste que los indicadores de fracaso escolar nos sitúen a la cola de Europa, más de un 30% de abandono escolar temprano cuando en el resto de la UE están en el 15%”.

Nos quedamos sin saber a qué o a quién achaca este fracaso, porque Romera esquiva la pregunta con un amague de media punta carioca. Pero, leído lo leído, supongo que tendrán pocas dudas acerca de quiénes han comprado todas las papeletas.

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