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La innovación es, asimismo, término caro al redactor del nuevo Reglamento. Experimentación, líneas innovadoras, investigación, son otros sintagmas que aparecen con bastante frecuencia en el articulado del ROC. ¿Qué hay de malo en ello?, dirán. En principio, nada.

Sin embargo, quien tiene ya unos años de experiencia en este gremio sabe de qué hablamos cuando hablamos de Innovación, así, con mayúscula hormonada y eréctil.  Lo novedoso suele ser cualquier método que se ajuste antes a los patrones por los que se inocula el ocio que a la reflexión lenta requerida por un trabajo exigente: Homo Ludens. Sociedad del Espectáculo. The Show must go on.

La pasión por la novedad pedagógica no incluye un posible regreso a metodologías tradicionales, aun cuando tales procedimientos hayan demostrado su efectividad en muchos casos. Hasta el infinito y más allá, lo nuevo es tanto mejor cuanto más bárbaro, cuanto más fragmentario y posmoderno, cuanto más ecléctico y cacharrológico. Lo nuevo es lo que mejor alivia el peso de los contenidos para poner toda su atención en la ligereza de las interacciones. Lo nuevo es lo que sacrifica el resultado para elevar los procesos a los altares de las evaluaciones imposibles. ¿Qué evaluar, si sólo importan los medios? Diviértanse, profes.

La Innovación es hermana siamesa de la Formación, en un hábil intento de hacerlas sinónimas de sangre. Formarse es crear ex novo, formatear el disco duro de la entumecida Academia y destilar elixires que luego se venden en la vanidosa feria pedagogista con grandes dosis de charlatanería. Formarse es ser creativo, como si la creación fuera un simple aditamento de la voluntad, o, aún peor, un don que se adquiere a golpe de decreto. No se es modelno en el circo institucional si no añades ración y media de espectáculo a tus clases. Como apenas importa qué han de saber los alumnos, debemos cuidar la puesta en escena, fomentar la convivencia y el buen rollo con acciones próximas a la sensibilidad adolescente. Ahí está la plaga de los lip dubs, esos largos planos secuencia en los que todos los miembros de una institución coreografían en riguroso playback una simpática cancioncilla.

Poco importa que ésta sea parte de la bazofia principaloide que expelen las radios. El caso es pasarlo bien, concebir la escuela como si cada día fuese la fiesta fin de curso. Porque la escuela debe ser una fiesta constante. Y tú, profe, debes aprender de los monologuistas de la Paramount Comedy, que para eso son grandes comunicadores. O de Madame Vadeguay, que tiene un nombre ídem y mola más, como de aquí a Lima, que la sosainas de Madame Buterffly.

Esta diatriba no nos hace partidarios del inmovilismo y el estado fósil, ni mucho menos. Salvando las debidas distancias, uno sigue viendo con admiración aquellas clases magistrales que Leonard Bernstein impartía en la televisión americana de los 60: una maravillosa coherencia de forma y fondo, un ameno y estructurado plan para acercar el conocimiento de la música a los más jóvenes.

Pero no admira tanto el espectáculo de una orquesta convertida en herramienta didáctica como el del maestro explicando con absoluta naturalidad las nociones musicales más complejas. Los medios son fantásticos, desde luego, pero lo que a uno le emboba y le hace regresar una y otra vez a los libros cruciales de su materia es la maestría del compositor norteamericano, su conocimiento profundo del código y la capacidad de seducción que nace de su misma excelencia. Dicho de otro modo: la visión panorámica de Bernstein es posible porque domina los aspectos particulares con la facilidad del experto. Es dueño de sus métodos porque previamente se ha convertido en dueño de su disciplina. Él es el método.

Así, está muy bien que el ROC dictamine un deber del profesor “la investigación y mejora continua de los procesos de enseñanza” (Artículo 9.m). Siempre y cuando no olvide que todas las investigaciones y todos los procesos de nada valen si no contribuyen a mejorar los resultados.

Está muy bien que una de las competencias del Claustro sea la de “promover iniciativas en la experimentación” (Artículo 68.e). Siempre y cuando tales experimentos acrediten unas mínimas garantías de éxito, más allá de las ocurrencias marchosas de la pedagogía fashion.

Todo está muy bien si sabemos separar lo nuevo de lo bueno; pues es de temer que, si sólo alimentamos el engaño de muscular la Innovación con letras capitales, la verdadera novedad será asistir al espectáculo que prodigan los auténticos maestros.

Nota: no añadimos esta vez la cita de Goebbels por ser idea vieja y, por ende, poco innovadora

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