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El doctor Teófilo Rodríguez Neira ha escrito un libro indispensable, un libro que debería ser de lectura obligada para políticos pactistas y pedagogos iluminados. Y es indispensable porque, lejos de acuñar ideas falsamente revolucionarias, trata de recuperar el significado esencial de las instituciones académicas. Ahora que la escuela se ha convertido en escenario de batallas ideológicas, en laboratorio de pedagogías nihilistas, en centros terapéuticos y contenedores de ingenierías sociales, Rodríguez Neira nos recuerda a todos su función primordial, la condición necesaria que le otorga sentido: la escuela es el espacio del conocimiento.

Para ello, el autor traza un recorrido desde Condorcet hasta las nuevas pedagogías socializantes, pasando por Rousseau, Herder y Foucault. Este itinerario es el de la progresiva desaparición del conocimiento como eje de las políticas educativas, el de la lenta pero segura aniquilación del proyecto ilustrado:

“La vieja escuela ilustrada (la de Kant, la de los Enciclopedistas fundadores, la de Condorcet) agoniza en medio de la indiferencia generalizada y de la complacencia regionalista” (pág. 121)

“La escuela fundada sobre el descubrimiento y la difusión de las verdades, como pretendía Condorcet, no tiene nada que ver con la presencia absoluta del poder, con la dominación de unas clases sociales sobre otras, con la implantación de la hegemonía y con las estrategias de sometimiento. Cada verdad es la difusión de un bien, es el otorgamiento de una capacidad. Negársela a las clases humildes es condenarlas a una marginación eterna. Los profesores podrían encontrar con este simple giro un remedio para sus males” (página 169).

En efecto, la historia de la educación pública es la historia de un giro copernicano. El que desplazó el conocimiento del centro escolástico para poner en su lugar una prolija serie de falsos ídolos: el instinto, los sentimientos, el inconsciente colectivo; incluso, con la inestimable ayuda de los pensadores del 68, el relativismo y el escepticismo radicales que sólo son capaces de concebir la institución escolar como cárcel burguesa y mecanismo represor del poder. La historia que nos presenta Rodríguez Neira es la ya detallada por Juan José Sebreli en su magnífica obra El olvido de la razón: la eufórica huida hacia adelante de las filosofías irracionalistas y su desolador reflejo en las actividades docentes.

Es tiempo de invertir el giro. Las disputas sobre asignaturas adoctrinadoras, sobre itinerarios, planes de estudio o promociones más o menos automáticas no sirven de nada si no se tiene claro cuál es la razón de que existan las escuelas. Habitamos una sociedad del conocimiento, una sociedad post-industrial en la que el mayor porcentaje de actividades económicas se basa en la cualificación para desempeñar tareas científico-técnicas altamente especializadas. Los políticos y sus pedagogos de cabecera pretenden hacernos creer que la escuela tradicional carece de sentido porque el saber se ha democratizado. Dicen: “Todo está en Google”. Pero eso es porque, de forma torticera, hipócrita y manipuladora, confunden saber e información. Sólo con una instrucción eficaz, acompañada de concentración, disciplina y esfuerzo, puede el hombre contemporáneo aspirar a descifrar esas ingentes cantidades de datos. Y cuanto más se demore el instante de devolver el conocimiento al lugar que le corresponde, más estaremos alejando a nuestros alumnos de la realidad social que les aguarda ahí fuera:

“El mundo en que vivimos está movido por el conocimiento, por la investigación, por la ciencia y por la técnica. El conocimiento, la investigación, la ciencia y la técnica son el instrumento de cambio y la fuerza más poderosa de que jamás dispuso el ser humano. Todos los detractores del conocimiento, todos los que pretenden limitar su valor, todos los que lo someten a manipulación o a instrumentación política, todos los que niegan su significado o intentan alejarlo de la sociedad, sólo buscan y desean que existan multitudes de personas ignorantes y dóciles, dispuestas a ser gobernadas y aceptar sumisamente el destino que otros les impongan” (página 266).

Es necesario recuperar la escuela basada en la razón y el conocimiento, porque:

“… las sociedades avanzadas son hoy, de hecho, sociedades del conocimiento. Esto es así porque el conocimiento y la ciencia han pasado a ser, como repiten los sociólogos e intérpretes de nuestro mundo, el principal factor de producción” (pág. 278).

Y:

“En este sentido, la escuela se convierte en la institución más valiosa y necesaria. Renuncia a la utopía contradictoria de poder enseñar sin enseñar nada (situación, como denunciaba Arendt, en la que había caído el didactismo radical) para centrarse en la enseñanza efectiva y concreta con la convicción de que aprendiendo algo es como se aprende a aprender” (página 284).

En esta nueva sociedad, pues, “la ignorancia es la causa más directa de la pobreza”. De ahí que la misión de la escuela sea aún más importante que en épocas pasadas en las que bastaba el conocimiento de unos pocos saberes prácticos para satisfacer las necesidades básicas de subsistencia. Para quien crea que el enfoque del doctor Rodríguez Neira peca de tecnocrático o excesivamente cientifista, adjunto estas últimas palabras:

“Una escuela sin conocimiento es una escuela ciega, una escuela sin ninguna norma moral y ética es una institución imposible y una escuela sin ninguna brizna de belleza es una escuela desolada” (página 298).

A estas alturas, es obvio que la Enseñanza ha sido destruida.

Para su reconstrucción disponemos del mejor cimiento posible: el (cono)cimiento.

Manos a la obra, pues.

 

Los cristales rotos de la escuela, de Teófilo Rodríguez Neira (sello editorial, Barcelona, 2010) http://www.selloeditorial.com/detalle.php?id=15

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