Se acaba otro puente de la Constitución. Lo atravesamos, al fin, con la mirada puesta en las fiestas navideñas, ésas que tanta gente dice odiar mientras cuenta los días que faltan para la venida de un borrachín lapón que cruza la noche azotando renos. El tiempo se detiene, y las noticias parecen confinadas en un purgatorio de paredes blancas. En la puerta, una bella enfermera celeste se lleva el índice a los labios para reclamar silencio.

Silencio.

Diciembre es una breve desaceleración de la historia, como si el artificio de la cronología opusiera una fuerza de rozamiento mayor a medida que la máquina sincrónica se aproxima a los cuartos de las campanadas finianuales. Todo se ralentiza, hasta el odio. El cumplimiento del ritual obliga al armisticio. Hoy comamos y bebamos, que mañana ayunaremos.

Y, entretanto, tendrá lugar la ficción de que nada ocurre. Después, chirriarán los goznes de un nuevo año y, aún con un sabor metálico en la lengua, descubriremos que la superficie que pisamos ha dejado de ser una lenta cinta transportadora para regresar a su condición vertiginosa de pendiente. La cuesta de enero es una sima.

En el dulce tránsito de mazapanes y semisecos, muchos olvidaremos las fatigas cotidianas, el fantasma de la crisis, lo que no funciona. Y abrigaremos la humana esperanza de que el año próximo restituirá un apetecido orden cuya exacta definición se nos escapa. Propósitos.

Pero, a la vuelta, el dinosaurio seguirá allí. Travestido, por ejemplo, de funcionario político. Se llevará el índice a los labios y nos reclamará silencio.

Silencio.

(Coda: La suspensión de los acontecimientos es sólo un simulacro. Es muy posible que, en estos días, una mujer se deje morir de hambre por una idea, por defender un derecho. Su actitud ha acabado por resultarnos tan extraña precisamente porque desprecia la tutela de quienes se arrogan el hipócrita deber de alimentarnos. 

A cambio, claro está, de nuestro silencio).

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