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El metaministro comparece hoy en el foro de El Mundo para encerrarse con unos cuantos Miuras, entre ellos el propio Pedro J., Justino Sinova, Iñaki Gil o Jorge de Esteban. Bien está que Don Ángel se ofrezca a torear en plazas poco propicias. Otra cosa es que cumpla la máxima del gaucho Martín Fierro: “Yo soy toro en mi rodeo/y torazo en rodeo ajeno”. La mezcla de afirmaciones rotundas con circunloquios que las entibian produce en el lector una impresión de que todas las “convicciones” que afirma tener el ministro se ven constantemente rebajadas por razones de oportunidad política.

Dice no contarse ni entre los “eufóricos” que inciensan las virtudes del sistema educativo ni entre los “melodramáticos” que las atacan con pulso escatológico. En esto es muy aristotélico Don Ángel. Lo cual que, en este caso, es lo mismo que no decir nada. Colocando el debate entre dos extremos tan risibles, nadie en su sano juicio va a darse por aludido. Lo que quiere saber el común es si sopesa en la misma medida los argumentos de los partidarios y los de los críticos.

Paloma Díaz Sotero le hace una pregunta muy concreta: “¿Qué aspectos del sistema identifica usted detrás del fracaso escolar?”. Larga cambiada por respuesta. Dice Gabilondo que no se puede aprender sin esfuerzo, que el mérito conduce más lejos que la igualación, que son importantes la exigencia y la disciplina personal. ¡Caramba!, piensa uno, ahora es cuando este hombre nos va a desvelar los fallos “sistémicos” que impiden el normal desarrollo de las virtudes que con tanto ardor reclama. Pues no. Volvemos al discurso del pasado “autoritario” (a fecha de 2009, en que muchos profesores son hijos de “Naranjito”), de la sociedad educadora, los videojuegos y los valores. Del sistema, nada se dice. Volvemos a situar los problemas sociales en el lugar de los problemas educativos, lo cual es un modo grato de tranquilizar nuestra conciencia.

También afirma: “Todos los informes dicen que el nivel educativo suele estar a la altura de sus profesores”. Oído cocina. Ergo, el sistema vuelve a salir indemne. No importa que las reglas del juego sean absolutamente extravagantes, puesto que, si los profesores son buenos, el nivel debería ser parejo. Ya, ministro. Lo que pasa es que si a Morante de la Puebla, un artista según todos los entendidos, le salen por la puerta de toriles dos morlacos en lugar de uno, la destreza del matador no es tanta como para frenar tamaña acometida. Algo análogo, salvando las distancias, a lidiar con un grupo de repetidores que saben que pasarán de curso por el imperativo legal de la promoción automática. Áteme usted esa mosca por el rabo.

Más perlas: “En los países donde, nada más entrar a clase, se pone a los estudiantes a trabajar en grupos, a trabajar en acciones de redacción y comunicación (sic), no tardan tanto tiempo en callarse. Ahora, si la figura del profesor es la de alguien que, puesto allí en pie, les tiene en silencio a todos mirándole, conseguir eso ya lleva un poco más de rato”. Tanta hondura en el diagnóstico resulta abrumadora. La táctica de Gabilondo es la de cualquier político de medio pelo: dibujar escenarios de un maniqueísmo y una simpleza atroces. Según su criterio, el mejor profesor es el que delega todo el proceso de aprendizaje en sus alumnos, por oposición a ese reaccionario que tiene la loca idea de explicar una lección (allí, de pie, el muy soberbio) frente a un auditorio silencioso. Que esta burda parodia de lo que significa la transmisión del saber salga de un señor catedrático es como para pensarse muy mucho dedicarse al cultivo de la mente. Obsérvese cómo las perífrasis son aquí sinónimo de eufemismo: “acción de redacción y comunicación”. Que rima con “camión”.

Interesante es el (poco) natural con que despacha el “problema lingüístico” de Cataluña. Dice Gabilondo que “la mejor política lingüística es la Constitución”. A lo que Pedro J. le replica que sí, que tal derecho existe, pero que en Cataluña no se reconoce. A partir de aquí asistimos a una serie de quites angeológicos, consistentes en quitar un artículo y poner una preposición. O viceversa:

Á.G. : Nosotros, hasta donde conocemos, y creo que conocemos lo que hay, sabemos que se estudia el castellano y se estudia el catalán…

P.J.R.: Pero no estamos hablando de lo mismo. Usted es el que ha dicho que existe el derecho a usar el español, no el derecho a aprender el español, que es un deber. […] En Cataluña se estudia el español – faltaría más -. Pero estamos hablando del derecho a estudiar en español. ¿Va usted a reivindicar […] ese derecho?

Á.G.: […] En Cataluña, en los colegios, se habla en castellano y se aprende el castellano.

Fíjense, asimismo, cómo la permutación de los verbos “estudiar”, “aprender” y “hablar” permite al ministro eludir la cuestión, muy concreta, del derecho de los ciudadanos a estudiar en su lengua materna (y oficial). Al final, queda flotando un espeso humo de torpe ilusionista, y el burlador escapa por el burladero.

Hay también sentencias que aplaudimos (pero es un aplauso hueco, porque ya conocemos el truco de prestigio):

Derecho a la diferencia no es diferencia de derechos”

“En la Universidad lo que no se evalúa se devalúa” (¿sólo en la Universidad, mi señor?)

“Sin formación cualificada, uno es carne de ERE”.

“Hacemos leyes demasiado largas”.

Totalmente de acuerdo, ministro. Y, ¿sabe por qué? Porque se ofuscan ustedes en faenas que son puro artificio, pleonasmo y, antes que tauromaquia, logomaquia.

Porque están ustedes de vacaciones permanentes en los cerros.

De Úbeda.

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