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Hoy lunes, ración doble.

Si antes hablábamos de la autoridad, la dignidad y el mérito como de la Triple Entente que debía prefigurar cualquier escenario académico, ahora vamos a ponernos, por un instante, en la piel del adversario. Porque éste también ostenta, orgulloso, su tríada insigne: Comprensividad, Diversidad y Valores. No es una divisa tan memorable como la proclamada durante la Revolución Francesa, pero me reconocerán que tiene su puntito arcánico.

Estos son los tres ejes que justifican (si es que tiene justificación posible) la existencia de nuestro actual sistema educativo. Cuando el Estado se arroga el derecho de la planificación pedagógica, ya no se limita a garantizar la instrucción de sus ciudadanos, sino que funda modelos de aplicación universal a los que la realidad debe ajustarse. Un mal día, los políticos y sus consejeros áulicos advirtieron que la Escuela era el escenario idóneo en el que proyectar los modelos de sociedad que se habían verificado como irrealizables: aquéllos en los que se prometía un regreso al edén, a una mítica Edad de Oro donde estarían ausentes la responsabilidad, la disciplina y el esfuerzo.

Una sociedad así sería, claro está, una sociedad de iguales, entendida esta igualdad no como un punto de partida jurídico sino como un extraño delirio de isomorfismo mental. Para ello, los próceres de la Triple Alianza sabían que debían combatir a un poderoso enemigo, caracterizado por su talante caprichoso: la naturaleza. Como lo que natura non da, Salamanca non presta, se hacía necesario camuflar las disimilitudes entre los individuos con alguna añagaza racionalista:

1. Comprensividad:

Dícese de la falacia pedagógica que dicta como posible que todos (repito: todos) los seres humanos están igualmente capacitados para conquistar idénticas metas. Puesto que esto es así, es absurdo pensar que haya más de un camino por el que transitar hacia tan plausible fin. Ergo, itinerario único hasta los 16, ¿18? ¿21? años.

Para sostener este eje, se puso mucha fe en las pedagogías de cuño sesentayochista que, en su versión más hardcore, negaban la posibilidad misma del conocimiento. Siendo así, ¿qué problema habría para que los niños aprendieran exactamente nada? En todo caso, como algo hay que hacer entre excursiones y recreos, se inventaron una cosita muy graciosa llamada Competencias Básicas, lo que en lenguaje consuetudinario de la rúa viene a ser “hacer la O con un canuto”.  Con todo, y como vieran que aún así las diferencias subsistían, fueron a llamar a otro elefante.

2. Diversidad.

Ajá. ¿De modo que los niños son diversos? ¿Conque esas tenemos? Muy bien. No problem. Lo que haremos, dada la poca disposición para el diálogo de la dichosa Genética, es reivindicar esa disparidad como un modo idiosincrático de ser iguales. ¿Me se entiende? Quiero decir que todos son “iguales en la diversidad”. ¿Que no está claro? Lo desarrollo: ¿En qué son iguales los alumnos? En que todos son distintos. Y como eso no hay Jesucristo que lo desdiga, esta vez no voy a pediros que impartáis lo mismo para todos. De ahora en adelante, cada uno de ellos tendrá un trato individualizado, acorde a sus necesidades, aptitudes y voliciones. Y si no sabe hacer la O con un canuto no es culpa del crío, sino del maestro que no supo adaptarse curricularmente a la peculiar idiosincrasia del muchacho.

Y 3. Valores.

Dadas estas premisas, ¿qué se podía enseñar sin disminuir la autoestima de los educandos? Pues a ser buenos. Los institutos serían como grandes containers de incontestables valores: algo así como una ONG apasionadamente gubernamental. Los niños aprenderían a ser reciclantes, solidarios, multiculturales, aliancistas, comprometidos, pacifistas y subsidiados. Al profesor sólo le competería la tarea de asentir con una sonrisa al progresivo perfeccionamiento espiritual de sus discípulos. Ni que decir tiene que el objetivo igualitario se habría cumplido con creces. Todos, alumnos y maestros, habrían perdido cualquier atisbo de pensamiento autónomo.

También es posible que este cuento pudiera empezarse por el final, como un gracioso palíndromo que se muerde la cola. Es posible, digo, que la primera idea de nuestros guardianes fuese coartar nuestra libertad, y que para ello urdieran sucesivas estrategias igualitarias disfrazadas de utopía paleomarxista. Quién sabe…

P.S.: ustedes disculparán el tono de chirigota deseperada, pero hay días en que uno debe refugiarse en el humor para contar ciertas cosas. Salve.

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