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Viernes, 30 de Octubre de 2009. Diario El Mundo.

“Gabilondo propone ampliar la enseñanza obligatoria a los 18 años.

El ministro afirma que el sistema es muy rígido y necesita vías flexibles de formación”

(Título y subtítulo de la noticia publicada en la sección España, pag. 15).

No soy catedrático de Metafísica, pero yo diría que el presunto vínculo que une ambos enunciados se resiente de una falta de lógica. La ortodoxia periodística afirma que el subtítulo debe explicar el titular. Sin embargo, lo que aquí percibe el lector atento es, o bien un cortocircuito del sentido, o bien un voluntarioso haiku de escritura automática. Es como aquel gag de ascensores:

– ¿Cree usted que lloverá esta tarde?

– Las tres menos cuarto, caballero.

Y no es que la periodista haya querido apuntarse un logro de repentización poética vanguardista. Es que la lógica ministerial es así: una lógica tirando a patafísica y dadá (o gagá). Como todo el mundo sabe, la coacción es el remedio idóneo para aliviar rigideces. Si el sistema es inflexible, nada mejor que imponer una nueva obligación para distender los atrofiados músculos del conocimiento. Esto, que puede funcionar para fortalecer los cuádriceps, es completamente disparatado en materia educativa.

Quienes somos verdaderos expertos en dicha materia (es decir, quienes damos clase) sabemos muy bien lo rígido que es el sistema. La enseñanza de vía única hasta los 16 años es una de las razones principales de que la Enseñanza se haya convertido en Estábulo de adolescentes más o menos “inquietos”. Desde diferentes asociaciones se ha insistido en la necesidad de proponer alternativas tempranas para aquellos muchachos que por incapacidad manifiesta o por aversión al estudio están abocados al fracaso escolar. Cuando uno de cada tres alumnos abandona el Instituto sin siquiera un título de Graduado en ESO, parecería lógico que se revisaran las fallas del sistema antes de ampliar el período de confinamiento. Pues bien: una vez más, se quieren construir catedrales arrancando desde el cimborrio. De momento, ampliemos la edad obligatoria. Luego ya veremos. Y, claro, con semejante previsión constructora no será raro que la feligresía perezca aplastada bajo el peso de tamañas ambiciones verticales.

Dice el ministro, refiriéndose al dichoso sistema: “Una vez que uno entra en un camino, ya se topa con una pared; no es transversal; hay que volver atrás para empezar otra vez; no se te reconoce lo que has hecho”. Y yo, el Individuo, digo que este hombre está hablando de otra realidad distinta de la que yo conozco. Quizá de una que trasciende los páramos rabiosamente físicos en los que habitamos maestros y profesores de Secundaria. ¿Qué pared, cuando existe un mecanismo perverso llamado promoción automática? ¿Qué pared, si en una misma clase de 32 chiquillos pueden llegar a reunirse alumnos superdotados, síndromes de Down, autistas y protodelincuentes, todos uniformados con el atavío metafórico de la comprensividad? ¿Que hay que volver atrás, dice? ¿Por eso se da el caso de que llegan a 4º de ESO alumnos que, en su paso por la escuela, se han caracterizado por conductas contrarias a la convivencia más elemental? Mire, ministro, las paredes hace mucho que fueron eliminadas. De hecho, los centros de Enseñanza se parecen más a un loft de nuevo rico que a la basílica invertida que usted pretende edificar.

Ampliando la edad obligatoria, todos estos problemas se agravarán aún más. Y una diversificación del Bachillerato no solucionará nada si antes no se ponen los cimientos necesarios en Primaria y Primer Ciclo de Enseñanza Media, donde realmente se cuecen las habichuelas de esta olla podrida que es la Educación española. Y no me ponga como ejemplo a Portugal, porque le canto un fado. Y no me vengan con Alemania, porque allí la “flexibilización” empieza a los 12. Ni con el Reino Unido, de quien en su día calcamos la filosofía pedagógica que nos ha conducido al desastre. Qué estúpida manía la de copiar el examen de nuestros compañeros de pupitre, aun cuando su historial nos diga que desbarran y acostumbran a repetir curso…

Una vez más, es la Sociedad artificial de los políticos la que se impone sobre las verdaderas necesidades de una institución baqueteada. Hasta la Concapa aplaude el globo sonda, calificándolo de “paso de gigante”. Estos “Padres de Familia católicos” pierden una buena ocasión de preguntarle al ministro cómo concilia el derecho de los jóvenes a abortar con 16 años y sin conocimiento paterno con el deber de estudiar hasta los 18. Aunque me temo que su satisfacción provenga de que el Estado, al extender la obligación, expanda asimismo su tutela financiadora. Gratis total, que para eso paga el contribuyente. En la otra punta, la Ceapa (los Padres Progresistas, para entendernos) aducen que “la idea no está mal”, pero que hace falta “plantear la flexibilización”. Con lo que imagino se refieren a lo que aquí exponemos: que hay que sentar unas bases antes de acariciar los arquetipos platónicos.

Por una vez, voy a coincidir con la Ceapa: La idea no está mal.

Está peor.gabilondo

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