El malentendido

Sofistas

José Antonio Marina aprovecha hoy la tribuna que le concede El Mundo para explicarse. Bien está, porque en su nuevo artículo el filósofo se muestra más sosegado y no tan proclive a los maximalismos de baratillo.

No obstante, la suavidad en las formas no alcanza a disimular las asperezas de un fondo que apenas se sugiere, prudentemente oculto bajo una capa de referencias internacionales de postín. Veamos qué matiza el profesor Marina, y qué, pese a todo, continúa generando razonables dudas sobre la bondad de sus propósitos.

  1. En primer lugar, el autor lamenta haber sido malinterpretado. Hasta llega a admitir que, quizá, la culpa sea suya.

[…] el debate sobre estos temas es necesario, pero me entristece que se hayan basado en malentendidos o en información fragmentada, porque pueden dar al traste con una posibilidad que me parece hermosa. Es posible que haya tenido yo la culpa.

Suponemos que alguien de su talla intelectual se habrá percatado de la ironía analógica. Hasta es posible que haya aprendido algo sobre la inmediatez, la fragmentación, la superficialidad y otros inconvenientes aparejados a la sobreexposición mediática. Algo parecido, profesor, es lo que sucede en la enseñanza española. La escuela, desde hace años, ha perdido la pausa del discurso para dejarse llevar por la espectacularidad del eslogan. La reflexión ha sucumbido ante el brillo de la seducción publicitaria, y la importancia de la palabra justa se ha visto relegada por un utilitarismo que pretende reducir las fuentes del conocimiento a un manual de supervivencia y los análisis razonados al simpático gorjeo de un tuit.

  1. La primera matización está dedicada a la carrera docente. Marina dice ahora que no se trata de instalar en las aulas una versión colegial del Gran Hermano, sino de apostar por una carrera en la que se reconozca el mérito y haya cabida para el “desarrollo personal y laboral”. Esto lo firmaría cualquiera, y, de hecho, es una demanda clásica de las asociaciones de profesores. Algo muy diferente de lo que propone en este vídeo (1´44´´)

Despidos

En su tribuna de El Mundo, Marina añade que habría que atraer a los “mejores”, propósito loable. Lo extraño es que no haga un aparte para señalar las ridículas exigencias de la carrera de Magisterio, de donde salen los maestros de Primaria que habrán de abordar las etapas más decisivas del aprendizaje. No es nada nuevo, porque la LOGSE ya se ocupó de contribuir a esta indiferenciación académica, metiendo en el mismo saco a maestros y profesores de instituto.

  1. Marina dice, además, que los profesores no quieren ser evaluados, lo cual es falso. De hecho, si la inspección se lo propone, no tienen más remedio que someterse a examen. Lo que ocurre es que la gran mayoría pone en duda que los criterios de evaluación sean los idóneos para valorar cuánto y cómo aprenden sus alumnos. Un modo objetivo de saber esto sería estableciendo periódicas pruebas de nivel con diferentes grados de incidencia en la trayectoria escolar del estudiante. Pero Marina ya ha dicho que no le gustan las reválidas. No sé qué dirá la lógica de esto, pero parece difícil juzgar el rendimiento de los docentes sin evaluar, del modo más objetivo posible, los resultados de los discentes.

Marina apunta a algo tan clásico como la evolución de las notas. Si el niño pasa de 1 a 4, hay mejoría. Claro que sí. Y tanta más habrá si de las calificaciones del profesor depende una parte sustanciosa del salario. La idea del portfolio es, asimismo, muy bonita, pero insuficiente en un sistema en que los cursillos sobre competencias emocionales ganan por goleada a los de didáctica específica. En cuanto a la opinión de los alumnos, parece un argumento débil, sobre todo cuando el sistema ya se ha encargado de instilar el mantra de que la educación ha de ser fácil y divertida como un capítulo de Los Simpson: cabe suponer que, en ciertos contextos, la figura del profesor exigente perezca frente a los colegas apruebalotodo. Sobre la idea de reclutar profesores “de élite” para los centros muy conflictivos, sólo diré una cosa: lo propio de un humanista sería plantear, de principio, el modo de frenar la proliferación de esta clase de institutos.

  1. El filósofo vuelve a despreciar la influencia que una ley puede tener en la evolución del sistema educativo. Si las reglas son absurdas, el juego es inviable incluso para los más dotados. De hecho, las reglas parecen redactadas para infligir daño. Imaginen un piloto excelente al que, por algún motivo, se le obligara a salir desde la última posición de la parrilla de salida. No un día, sino todos los días. ¿Podríamos reprocharle que no ganara? Sin duda, no. Pues una situación semejante es la que tienen que vivir miles de profesores constreñidos por una normativa surrealista y un concepto de la enseñanza cada vez más inspirado en los vínculos clientelares y la estabulación obligatoria. Que entre ellos existan malos ejemplos no anula esta evidencia, sino que la confirma: esas mismas leyes son las que han deteriorado el proceso de selección y hasta el paradigma de lo que ha de ser un profesor competente.

Marina, por su parte, es partidario de extender la obligatoriedad hasta los dieciocho. En cambio, no se ha pronunciado en favor de prolongar un Bachillerato que a día de hoy está completamente destruido.

  1. Por tanto, podemos afirmar que la corriente filosófica que mejor domina Don José Antonio es la sofística, ese arte de modular las palabras en función de los interlocutores. Reformas que no atacan el centro del problema, pero sí a quienes deben lidiar con él cada mañana.

Entre los que, por desgracia para nuestros alumnos, no se cuenta el señor Marina.